<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Alan Grané contra las ideillas grises &#187; CHURRAS CON MERINAS</title>
	<atom:link href="http://www.contralasideillasgrises.com/category/churras_con_merinas/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.contralasideillasgrises.com</link>
	<description></description>
	<lastBuildDate>Mon, 30 Jan 2012 16:01:29 +0000</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.9.2</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>Confidencias</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/confidencias/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/confidencias/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 13 Dec 2011 09:11:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[confidencias]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=823</guid>
		<description><![CDATA[-Pues seguramente me iré antes, tengo una molestia en el estómago…
-Vaya, ¿quieres tomar algo? Creo que en el bolso llevo paracetamol.
-No, gracias, si ya tomé. De todas formas esto me pasa habitualmente, empiezo a acostumbrarme al dolor, la verdad. Desde que me dio lo del ictus…
-Bueno, mujer, pero ahora estás bien, que es lo importante.
-Hombre, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>-Pues seguramente me iré antes, tengo una molestia en el estómago…</p>
<p>-Vaya, ¿quieres tomar algo? Creo que en el bolso llevo paracetamol.</p>
<p>-No, gracias, si ya tomé. De todas formas esto me pasa habitualmente, empiezo a acostumbrarme al dolor, la verdad. Desde que me dio lo del ictus…</p>
<p>-Bueno, mujer, pero ahora estás bien, que es lo importante.</p>
<p>-Hombre, bien bien no estoy, para qué te voy a engañar. Tú piensa que yo hace un año estaba trabajando en Alemania (¡en Alemania, con lo germanófila que he sido yo siempre!), y encima haciendo lo que más me gusta, el trabajo de mis sueños, vamos. Y lo más importante, a punto de casarme con un hombre que me tenía totalmente enchochada, estábamos enamoradísimos (al menos yo lo estaba). Después me dio el ictus y ni Alemania, ni trabajo, ni marido. Así que ya me dirás tú cómo quieres que esté yo bien.</p>
<p>-Bueno, mi niña, eso es que tu destino no estaba ahí. Seguro que al final será para mejor.</p>
<p>-No sé, ya veremos, de momento tengo este dolor de estómago que no me deja tranquila.</p>
<p>-Venga, no te me desanimes, ¿eh? Te digo que será todo para mejor, mi niña.</p>
<p>Se hacen oír por encima de las cabezas de cinco compañeros. Algunos las miramos. Otros simplemente van sacando los libros y los cuadernos. La clase está a punto de empezar.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/confidencias/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>FAMA</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/fama/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/fama/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 27 Jun 2011 09:33:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[fama]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=770</guid>
		<description><![CDATA[Quizá  esté mal juzgarle porque quién soy yo para juzgar a nadie, pero lo  cierto es que el sujeto en cuestión no tenía nada especial. Carecía de  todo interés. Tal cual suena. Los hombres le ignoraban. Las mujeres, aún  más. Ni siquiera era de esos que generan odio o repulsión, simplemente [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quizá  esté mal juzgarle porque quién soy yo para juzgar a nadie, pero lo  cierto es que el sujeto en cuestión no tenía nada especial. Carecía de  todo interés. Tal cual suena. Los hombres le ignoraban. Las mujeres, aún  más. Ni siquiera era de esos que generan odio o repulsión, simplemente  pasaba desapercibido. Y a pesar de todo, el tipo logró un día interesar a  todo el mundo. Se hablaba de él en universidades y hasta aparecía en  camisetas y ridículos souvenirs. Y todo porque alguien con un cepillo  sacó a relucir su cráneo de entre el polvo un millón de años después de  que el infeliz se ahogara en la orilla de un lago cuando fue a beber.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/fama/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Parecidos razonables</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/parecidos-razonables/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/parecidos-razonables/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 02 Jun 2011 06:21:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[parecidos razonables]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=753</guid>
		<description><![CDATA[Estoy  todo el día colocada, igual que Amy Winehouse. Y si no estoy colocada,  estoy  borracha de cojones. A veces, las dos cosas. Como Amy Winehouse.
Mido  lo mismo que ella. También llevo un peinado de mierda y voy pintada  como una puta. Y voy camino de ser anoréxica. Tan anoréxica [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estoy  todo el día colocada, igual que Amy Winehouse. Y si no estoy colocada,  estoy  borracha de cojones. A veces, las dos cosas. Como Amy Winehouse.<br />
Mido  lo mismo que ella. También llevo un peinado de mierda y voy pintada  como una puta. Y voy camino de ser anoréxica. Tan anoréxica como Amy. O  más.<br />
No paro de decir tacos, os juro por mis putos muertos que en esto no me gana esa maldita zorra.<br />
Mi  novio es un cabrón de mierda, como el suyo. Y me da de hostias sin  venir a cuento. Y me folla y me pega cuando quiere y como quiere. Yo  también se las devuelvo, como supongo que debe de hacer Amy. Nos  peleamos mucho pero nos queremos. Como deben de quererse Amy y el  hijoputa de su novio.<br />
Tengo  su misma edad. Y estoy segura de que moriré joven. Igual que ella lo  sabe. Igual que ella morirá antes de tener una jodida cana.<br />
Pero, claro, por mi cabeza no pasa ni una puta canción. Sólo peines y rulos. Y hostias. Y gilipolleces.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/parecidos-razonables/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Obra</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/obra/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/obra/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2011 08:33:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[obra]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=711</guid>
		<description><![CDATA[Por  radio le  llegaban instrucciones de sus superiores y breves comentarios  codificados de sus otros compañeros de escuadrón, pero él no escuchaba  realmente. Actuaba en consonancia con todas esas órdenes tácticas, por  supuesto, pero de forma completamente automática. Él hacía tiempo ya que  había entrado en trance. Tenía los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por  radio le  llegaban instrucciones de sus superiores y breves comentarios  codificados de sus otros compañeros de escuadrón, pero él no escuchaba  realmente. Actuaba en consonancia con todas esas órdenes tácticas, por  supuesto, pero de forma completamente automática. Él hacía tiempo ya que  había entrado en trance. Tenía los ojos muy abiertos; el pulso,  acelerado; y un zumbido en la cabeza le aislaba de todo lo que no fuera  él y su obra. El cielo era húmedo y de un azul pardo a aquella hora de  la tarde. En mitad de ese frío panorama,  los tonos anaranjados y  rojizos de las explosiones resultaban sencillamente hermosos. Eran como  extraños globos que se hincharan de repente, o como medusas eléctricas  en un abismo oceánico. Viró suavemente y la ciudad recorrió su visera de  espejo. Luego pulsó el botón antes de ascender velozmente en espiral.  La destrucción es la forma más simple y poderosa de creación, pensó  mientras el silbido del último proyectil se alejaba rápidamente de él  hacia el campanario de una maravillosa catedral gótica.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/obra/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La corbata roja</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/la-corbata-roja/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/la-corbata-roja/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 21 Mar 2011 08:00:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[corbata roja]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=691</guid>
		<description><![CDATA[Para Vic.
Oloishuru   desenvainó sin prisas un largo cuchillo de entre los pliegues de su   túnica roja y trazó un profundo corte en la papada de la vaca más vieja.   Dos hombres oscuros  sujetaban la mole blanca, uno por los cuernos y   otro por la joroba. Tras [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Para Vic.</em></p>
<p>Oloishuru   desenvainó sin prisas un largo cuchillo de entre los pliegues de su   túnica roja y trazó un profundo corte en la papada de la vaca más vieja.   Dos hombres oscuros  sujetaban la mole blanca, uno por los cuernos y   otro por la joroba. Tras un momento de inquietud y forcejeo, el animal   entornó los ojos con suavidad dejándose llevar por el dulce sopor de la   muerte inminente, mientras una mujer recogía en un cubo la sangre  fresca  que manaba de su cuello.<br />
Paralizados  por la impresión, los  índices tardaron unos segundos en pulsar los  disparadores, pero en  cuanto el guía rompió el silencio con una de sus  bromas, los flashes  recorrieron la escena como una bandada de pájaros  nerviosos. Oloyshuru  observó sin sonreír al pequeño grupo de turistas.  Todos llevaban  sombreros de ala ancha color arena recién estrenados.<br />
La  mujer limpió  la sangre de impurezas con una especie de colador hecho con  fibras  vegetales. Luego hundió un cuenco y se lo ofreció chorreante a   Oloishuru, quien bebió lentamente tratando de encontrar las miradas   turbadas de los turistas, ocultas por las sombras de sus sombreros y por   los enormes objetivos de sus cámaras. Cuando terminó, pasó el cuenco a   su hermano. Y éste, al siguiente hombre en la rígida escala jerárquica   de la tribu. Los últimos en beber eran siempre los niños. El guía   informó de que esa gente nunca bebía agua, se mantenían hidratados   tomando únicamente sangre de vaca, y como era natural, tampoco se   trataba de algo que hicieran a diario. Después ladeó su sonrisa y   preguntó si alguien tenía sed. El grupo rió con ganas.</p>
<p>Los   todoterrenos serpentearon muy juntos hacia el horizonte seguidos de  una  gran culebra de arena rojiza. Oloishuru permaneció sin moverse  hasta que  desaparecieron tras una colina lejana y el polvo en  suspensión volvió a  posarse sobre el suelo. Después se sentó en  cuclillas frente a su choza  y anunció a los niños que iba a contarles  la historia de la serpiente  que casi acabó con sus antepasados.<br />
La  bestia, comenzó, se alimentaba  sólo de seres humanos. Se adentraba en  las aldeas siempre de noche. Al  principio, en busca de recién nacidos  pero, a medida que fue creciendo,  fue aumentando también su voracidad y  el tamaño de sus presas. Los niños  escuchaban a Oloyshuru con los ojos  muy abiertos y se tapaban  atemorizados la boca con las manos. Se hizo  tan grande la bestia,  continuó, que era capaz de engullir a una familia  entera; a veces, dos.  Nadie sabía qué hacer, incluso los hombres más  valientes y hábiles con  la lanza habían muerto tratando de acabar con  el monstruo.<br />
Un día, los   jefes de todas las tribus acudieron a ver al que era considerado el   hombre más sabio del lugar. Era además el más alto. O quizá era sólo que   la gente le respetaba tanto que no podían evitar encoger el cuello en   su presencia. Los jefes hablaron todos a la vez, como una nube de   moscas. Estaban nerviosos porque sus aldeas no dejaban de menguar y si   esa progresión continuaba llegaría un día en que serían jefes de aldeas   vacías. Sí, replicó el Sabio, eso suponiendo que la Gran Serpiente no  se  os coma antes a vosotros. La expresión de los jefes pasó del   nerviosismo al terror, esa era una posibilidad que ni siquiera habían   contemplado. Sus zumbidos pidiendo ayuda redoblaron la intensidad. La   cabeza del Sabio meditó por encima de las de los jefes durante unos   minutos. Eran todos tan inteligentes como una piedra; sin embargo, le   habían dado la clave para solucionar el problema, la hebra de la que   tirar para obtener la madeja. Aldeas vacías, musitó sin que nadie   pudiera llegar a oírlo.<br />
Tres  noches después, la Gran  Serpiente volvió a la región en busca de más  carne fresca. Era ya tan  descomunal que tuvo que recorrer todos los  poblados de la zona para  saciar su terrible apetito. Rebuscó en todas  las chozas y engulló a  todos los hombres, mujeres y niños que encontró  en ellas. Pero lo que no  advirtió la Gran Serpiente fue que todos esos  hombres, mujeres y niños  no eran más que figuras esculpidas en piedra, y  que los auténticos  habitantes se hallaban ocultos en agujeros que  habían cavado bajo el  suelo de las cabañas.<br />
Cuando  el mundo se tiñó con la  azulada luz de la mañana, la Serpiente apenas  podía arrastrarse ya sobre  el suelo. En su interior cargaba con decenas  y decenas de estatuas de  piedra. Avanzó penosamente tratando de llegar  a su escondrijo, pero  pronto le fallaron las fuerzas y murió tendida  al sol, deformada por las  rocas que había tragado. Esa hilera de  colinas que veis al fondo es lo  que queda del monstruo, y la prueba de  que lo que cuento es cierto. Los  niños contemplaron fascinados los  montes que les señalaba Oloyshuru,  imaginando en su lugar el gigantesco  cuerpo de la Serpiente.</p>
<p>Había   sido un largo día.  Oloyshuru estaba agotado. Escudriñó todo el   horizonte girando en círculo lentamente. No había nada salvo ese paisaje   que le resultaba ya tan familiar. Entró en su choza, apartó las pieles   de vaca que cubrían el suelo, abrió una trampilla y descendió por la   escalera de mano. Los fluorescentes se encendieron automáticamente, y   Oloyshuru siguió el estrecho pasadizo hasta los vestuarios. Aún no había   nadie, podría disfrutar de unos minutos de soledad antes de la hora   punta. Abrió su taquilla. El traje de chaqueta gris, la camisa y la   corbata estaban impolutos y perfectamente planchados, como a él le   gustaba.<br />
Tomó  una larga ducha con el agua muy caliente.  Estuvo quieto sin pensar en  nada, como una estatua, hasta que su propio  cuerpo prácticamente  desapareció entre el vapor. Después se vistió  deleitándose en cada  gesto, cada prenda, cada botón. Era uno de sus  rituales favoritos.<br />
Sentado en un  banco del andén, consultó  sus correos y echó un vistazo al periódico.  Pronto empezaron a llegar  los demás, con sus saludos, sus chistes, la  narración de las anécdotas  de los últimos días. Las conversaciones se  iban mezclando unas con otras  haciendo imposible seguir ninguna de  ellas.<br />
En el tren se sentó  junto a  la ventanilla. Mientras veía pasar las luces del túnel  infinito que le  conduciría a casa, contemplaba también su reflejo en el  cristal y le  llenaba de alegría verse de nuevo con la corbata roja.  Nada le producía  más placer que sentir la firmeza de su doble nudo  Windsor alrededor del  cuello.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/la-corbata-roja/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>RÉCORD</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/record/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/record/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 07 Mar 2011 13:32:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[récord]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=675</guid>
		<description><![CDATA[Hoy he  superado mi mejor marca: tres horas, siete minutos, doce segundos. La  verdad es que estoy muy contento, sería absurdo negarlo. Eso no va a  cambiar mi fidelidad incondicional  a la idea de que la cifra final no  es lo realmente importante. Lo que cuenta es el esfuerzo, la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy he  superado mi mejor marca: tres horas, siete minutos, doce segundos. La  verdad es que estoy muy contento, sería absurdo negarlo. Eso no va a  cambiar mi fidelidad incondicional  a la idea de que la cifra final no  es lo realmente importante. Lo que cuenta es el esfuerzo, la dedicación,  la pasión, la fe en lo que uno hace. Sin embargo, seamos sinceros,  incluso los artistas más underground codician secretamente los premios  más prestigiosos y fantasean con llenar estadios o con ser número uno en  las listas de ventas. Supongo que es algo que no se puede evitar. Todos  necesitamos en mayor o menor medida el reconocimiento social, por muy  tontos que consideremos a esos que forman la sociedad. Yo no creo que  cayera tan de lleno en la trampa, pero algo de eso hay ahí. La secuencia  de números que aparece en el cronómetro de mi muñeca puede equivaler a  la peor de las críticas o al galardón que sólo los más grandes lucen en  sus estanterías. Y hoy he tenido el honor de que me concedan ese premio.</p>
<p>La  primera hora apenas ha supuesto esfuerzo. He estado prácticamente todo  el tiempo en el baño y ella aún dormía. He tomado una larga ducha, me he  untado el cuerpo con todo tipo de cremas, me he cortado las uñas  aprovechando que se habían ablandado un poco y he arrancado los pelos,   cada vez más frecuentes, que tenía en los hombros. Luego me he afeitado  con navaja. Nunca lo había hecho antes, pero ya que había una he  decidido probar. Hay que ir con cuidado, pero es realmente una  experiencia muy especial. Mientras acariciaba mi rostro con el filo  preciso y perfecto de la navaja he tenido incluso una revelación. He  tomado conciencia de que la mayoría de las veces no vivimos  deleitándonos en lo que hacemos, sino que terminamos siendo esclavos de  una urgencia constante que nos empuja a quitarnos las cosas de enmedio  lo antes posible, como si cada tarea fuera una molestia, un obstáculo  que nos impide dedicarnos a la siguiente. Convertir las actividades más  banales y cotidianas en rituales quizá parezca un absurdo a primera  vista, pero podría encerrar de hecho la clave de la felicidad. Tan  convencido estoy que pienso implantar en mi vida la ceremonia del  afeitado tradicional desde mañana mismo.</p>
<p>Después  del gratificante rito del aseo personal me he preparado en la cocina un  café bien cargado, otra de esas labores que deberían realizarse como si  fueran una ofrenda a Dios. He acompañado el negro elixir con unas  tostadas y unas lonchas de jamón que he encontrado en la nevera. Habría  tomado el desayuno en la pequeña mesa de la cocina, pero estaba todo muy  sucio y he preferido sentarme en el sofá del salón a disfrutar de la  primera comida del día. Casi había leído el periódico entero cuando por  fin la he oído arrastrando las zapatillas hasta el baño. Mi cronómetro  marcaba dos horas, treinta y dos minutos, cincuenta segundos. Le he  dejado el desayuno en el salón para que no viera el desastroso estado en  que estaba la cocina. Cuando ha tirado de la cadena, he salido a la  galería a sacar una lavadora. A través del cristal ahumado de la puerta  podía intuir su figura soñolienta llevándose las tostadas a la boca.  Entre mordisco y mordisco me ha dicho que estaban buenísimas. Hemos  coincidido un momento en el salón. He tendido ahí la ropa porque  comenzaba a chispear. Yo le daba la espalda, pero he escuchado como  regresaba al baño. Y se dice buenos días, me ha recordado. Le he  respondido con un gruñido apenas audible y he seguido con lo mío.</p>
<p>Me  gusta mucho repasar los CD de las estanterías. He paseado mi índice por  todos ellos y al final me he decantado por uno basándome únicamente en  la portada: un plano muy ampliado de una cerradura. La música era sucia,  estridente y oscura, pero lo he dejado sonar. Se ha quejado de que el  agua salía fría y he tenido que volver a encender el calentador, toda  una misión. Después he hecho la cama y he fregado los cacharros del  desayuno. En cuanto ha salido del baño, un perfume dulzón lo ha inundado  todo. Ha cogido la chaqueta y el bolso y se ha dirigido hacia la  puerta. Pensando que estaba en el salón se ha despedido a gritos. Ha  girado el pomo un par de veces, pero la puerta no se abría, claro.  Entonces se ha girado y se ha dado cuenta de que, a pesar de que llevaba su peinado y su albornoz, yo no era él . Y justo ese instante, ese  microsegundo en el que ha abierto mucho los ojos y ha aspirado como si  le faltara el aire, ese ha sido el momento preciso en el que he detenido  el cronómetro. Tres horas, siete minutos, doce segundos. Bip.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/record/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El Hambre</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/el-hambre/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/el-hambre/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 10 Feb 2011 20:44:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[hambre]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=634</guid>
		<description><![CDATA[Lo veo en sus ojos: aún no lo sabe. Su mirada es como la de un recién nacido, limpia, inocente, incapaz todavía de procesar las imágenes que llegan a su retina. Frente a nosotros se extiende la carretera gris, plagada de coches abandonados. Pero no, no creo que eso sea para ella más que un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo veo en sus ojos: aún no lo sabe. Su mirada es como la de un recién nacido, limpia, inocente, incapaz todavía de procesar las imágenes que llegan a su retina. Frente a nosotros se extiende la carretera gris, plagada de coches abandonados. Pero no, no creo que eso sea para ella más que un mundo borroso de luces y sombras. Su boca se tensa lentamente en una extraña mueca. Parece una sonrisa. Aunque una sonrisa nueva, diferente a las de antes. Es una sonrisa de retrasado que le deforma la cara como si fuera una máscara y la convierte en otra.</p>
<p>La observo, analizo cada uno de sus gestos, tratando de adivinar qué piensa, qué siente. Susurro su nombre. Y esa palabra que apenas ha perturbado el aire me sobresalta como el estridente ulular de un alarma y me hace tomar conciencia del silencio absoluto en el que nos hallamos. Ni el motor de un coche. Ni el piar de un pájaro. Ni el viento en los árboles. Ni una voz. Pienso en su nombre, en todas las veces que lo he repetido, en la infinidad de significados que adquiría en función del tono, del contexto. Podía ser una petición de consuelo o la forma de frenar un comentario demasiado hiriente. Podía ser una fingida reprimenda o una sensual invitación al sexo.</p>
<p>En todo eso pienso.</p>
<p>Todo eso recuerdo.</p>
<p>Y, sin darme cuenta, duermo.</p>
<p>Me sobresalta de nuevo un murmullo ensordecedor. Es ella. La pierna me sigue sangrando. Me arrastro con las manos hacia lo que queda del coche para escuchar mejor. Cina. Na. Dar. En. Lapis. Cina. Na. Dar. En. Lapis. Cina. Lo repite una y otra vez. Lentamente, casi sin aire. Es como el eco de la conversación que <span id="more-634"></span>manteníamos antes del accidente. Ya verás, todo va a ir bien, esto no puede durar siempre. Sí, alguien lo arreglará, no creo que pase lo mismo en todas partes. Claro que no, cariño, sólo tenemos que aguantar lo suficiente y en la casa del pueblo eso no será un problema. Ahí no habrá ninguno, o habrá muy pocos. Podremos cultivar lo que necesitemos en el huerto y hasta podremos nadar en la piscina. Vaya tela, cuando nos pregunten van a pensar que estamos locos… ¿que qué hicimos para sobrevivir? Pues plantar un huerto, nadar. En. Lapis. Cina. Las lágrimas me abrasan los ojos. Sin querer digo su nombre. Ahora tiene un nuevo significado, el de un lamento, un grito al cielo, una queja por la arbitrariedad del destino. De repente noto sus manos frías en mi pelo. Me acaricia. Lo hace despacio. Con la torpeza de un niño. Sigue sonriendo. Como otra. Como una estúpida. Apoya mi cabeza contra su pecho destrozado y me mece mientras tararea una melodía gutural, irreconocible. No, no lo sabe. No es consciente. Debe de creer que aún hay esperanza. Que aún es posible la huida. Debe de pensar que aún corre la sangre por sus venas. Pero no tardará en saberlo. Pronto descubrirá que es uno de ellos. En cuanto sienta el Hambre.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/el-hambre/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El ataque del Espíritu Navideño</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/el-ataque-del-espiritu-navideno/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/el-ataque-del-espiritu-navideno/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 30 Dec 2010 19:38:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[espíritu navideño]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=572</guid>
		<description><![CDATA[Al oír hablar del Espíritu Navideño, la mayoría no logran reprimir una sonrisa y una mirada ensoñadora. Pero pocos han vivido en sus carnes la experiencia de cruzarse en el camino de este ente terrorífico. Los Kent eran una familia feliz. Adam había logrado hacerse con una pequeña fortuna gracias a sus imaginativos métodos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al oír hablar del Espíritu Navideño, la mayoría no logran reprimir una sonrisa y una mirada ensoñadora. Pero pocos han vivido en sus carnes la experiencia de cruzarse en el camino de este ente terrorífico. Los Kent eran una familia feliz. Adam había logrado hacerse con una pequeña fortuna gracias a sus imaginativos métodos de malversación de fondos; su hijo George, de 12 años, estaba sumido en la vergonzosa e irritante edad del pavo, pero aún quedaba tiempo antes de que cayera en las garras de la irreverente adolescencia y el acerbo odio a sus padres; y la encantadora esposa de Adam, Margaret, estaba embarazada de 6 meses, aunque a Adam eso le seguía dejando algo turbado porque él creía recordar haberse hecho la vasectomía tras el nacimiento de George. En resumen, la vida les sonreía, pero les hacía burla cuando se daban la vuelta. Asfixiados por el ritmo de la gran ciudad, Adam y Margaret decidieron buscar una casa más grande en las afueras. Y la encontraron pronto, quizás demasiado.</p>
<p>CASITA DE CAMPO: 800 m2, 5 plant., 20 dorm., 7 bañ., ascens., calef.,muy solead., totlmnte. reform. y amuebl., ideal para fam. num. Gran oportunid.!</p>
<p>Unos días más tarde, los Kent se iban a dar de bruces con una gran verdad: Lo barato sale caro. Pero, en ese momento de excitación, prefirieron dejarse llevar por el complaciente “a caballo regalado, no le mires el dentado”. Los Kent se mudaron a su nuevo hogar, llenos de ilusión, pero los fenómenos extraños no se hicieron esperar. Al despertar el primer día, descubrieron que todos sus calcetines estaban llenos de caramelos. Todos sospecharon de algún otro miembro de la familia y se lo tomaron como una broma de bienvenida. Pero el fenómeno se repitió todos los días a partir de entonces. Todos los días. Llegó un punto en que les daba tanta pereza vaciar los calcetines que a veces se los ponían sin hacerlo, y así iban todo el día, pisando gominolas multicolores (lo difícil era luego quitarse los calcetines y volver a separar los deditos de los pies debido al extraordinario efecto adhesivo del azúcar mezclado con sudor).</p>
<p>En cualquier caso, lo peor aún estaba por llegar. Poco después, se hizo habitual escuchar una voz susurrante y cavernosa entonando villancicos en mitad de la noche. Registraron la casa decenas de veces. Nada. Exterminaron las ratas, las termitas y a su pobre perro Sam, pero jamás lograron acabar con la voz ni con ese continuo y espeluznante ruido de cascabeles y panderetas. Los Kent no estaban dispuestos a rendirse y contactaron con los parapsicólogos de una universidad que contaba con un buen equipo de baloncesto. Los investigadores no sólo registraron aterradoras psicofonías en las que aparecían los ya mencionados villancicos, sino que fueron testigos de manifestaciones aún más escalofriantes. Una mañana, los Kent y los parapsicólogos fueron a la cocina a desayunar y descubrieron atónitos que la cafetera estaba envuelta en papel de regalo. Lo mismo sucedía con la botella de leche, las cucharillas (en paquetes individuales) y, como se temían, con todos los demás objetos que había en la casa. Empezaron a desenvolver regalos con alegría. Sin embargo, la alegría dio luego paso al hastío y el hastío a la irritabilidad. Hoy hace ya un año que los Kent viven en una perpetua e infernal Navidad.</p>
<p>De ahora en adelante, no se dejen engañar por las melodías entonadas por alegres pastorcitos, el sonido de los cascabeles, los regalos y los brillantes adornos. Por muy navideño que sea, un espíritu siempre es un espíritu.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/el-ataque-del-espiritu-navideno/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Final</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/final/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/final/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 20 Dec 2010 09:51:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=570</guid>
		<description><![CDATA[Llevo  ya varios días observándole. Le  he visto charlando y riendo con sus  amigos, tecleando en  su despacho,  escuchando con los cascos una música  secreta. Le he visto también  haciendo el amor con su mujer en el  sillón, y fumando a escondidas  cuando saca el perro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Llevo  ya varios días observándole. Le  he visto charlando y riendo con sus  amigos, tecleando en  su despacho,  escuchando con los cascos una música  secreta. Le he visto también  haciendo el amor con su mujer en el  sillón, y fumando a escondidas  cuando saca el perro salchicha a pasear.  Le he visto masturbarse frente  al ordenador, llorar al teléfono  mientras alguien le daba una mala  noticia, y bajar al chino de la  esquina a por café, pan y tabaco. Le he  vigilado largas horas. Y es  agotador observar tanto tiempo a través de  una mira telescópica. Pero  que quede claro, si no he apretado el gatillo  en todos estos días no ha  sido por dilemas morales de última hora. Nada  de eso. La razón es  trascendental de verdad, no simple mojigatería. Ese  hombre va a morir,  ese es un hecho tan irremediable como la explosión  de la bomba atómica  en Hiroshima. Y seré yo el que le mate, porque di mi  palabra, a la que  jamás he faltado, y porque me pagaron la mitad de mis  honorarios por  adelantado, y si quiero mantener mi nivel de vida  necesito con urgencia  la otra mitad. Así que insisto, no se trata de si  vive o muere. Está  sentenciado, así son las cosas. Su destino es ser  atravesado por una de  mis balas como el de Héctor fue ser traspasado por  la espada de  Aquiles. La verdadera cuestión no es si debe morir, sino  cuándo. Esa es  mi gran responsabilidad, la que me ha mantenido durante  días con un  ojo guiñado y el otro pegado al punto de mira. Nada  significa nada  hasta que termina. Hasta que está completo. Por eso la  eternidad carece  de significado. Es tan absurda como un culebrón. Para  mí está claro,  el final es el gran dotador de sentido. No puede  escogerse a la ligera.  Si disparo justo ahora, su vida no parecerá más  que una concatenación  de sucesos que terminaron convirtiéndole en un  traidor. Si espero unos  días, quizá tan sólo unas horas más, podría aún  decir las palabras  precisas a las personas adecuadas, y ese final le  otorgaría a su vida  un significado completamente diferente. Podría  incluso morir como un  héroe.  Si sigo apostado en esta buhardilla, es  sólo porque espero a  discernir con claridad el momento adecuado, ese  instante capaz de  convertir su existencia en algo especial antes de que  llegue el fin.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/final/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Igualdad</title>
		<link>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/igualdad/</link>
		<comments>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/igualdad/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 09 Dec 2010 08:51:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>el de siempre</dc:creator>
				<category><![CDATA[CHURRAS CON MERINAS]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.contralasideillasgrises.com/?p=554</guid>
		<description><![CDATA[Cada  vez había menos desequilibrios, así que para encontrar algo  especial  debía  buscar más en profundidad, a menudo en los suburbios.  Incluso  allí todo el mundo procuraba cumplir la ley, pero si uno era  tenaz no  tardaba en dar con algún negocio clandestino en el que  [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada  vez había menos desequilibrios, así que para encontrar algo  especial  debía  buscar más en profundidad, a menudo en los suburbios.  Incluso  allí todo el mundo procuraba cumplir la ley, pero si uno era  tenaz no  tardaba en dar con algún negocio clandestino en el que  existiera una  disparidad, por pequeña que fuera.</p>
<p>Esa misma  mañana, condujo su silenciosa moto hasta uno de los  polígonos del este.  La mayoría estaban abandonados o en ruinas, pero  era del dominio público  que allí operaban las mafias chinas, que  fabricaban copias ilegales de  baja calidad de los artilugios  tecnológicos más de moda. Se detuvo en  mitad de la calle principal del  polígono, que parecían los vestigios de  una civilización desaparecida.  Analizó las naves que flanqueaban la  calle en busca de alguna señal,  cuando de pronto divisó un breve  destello saliendo de uno de los  edificios. Una enorme rata se había  escabullido por una grieta oxidada  portando algo en su hocico. Se puso  de pie y comenzó a roer ávidamente  su botín. Las ratas abundaban, por  supuesto, pero no todas tenían entre  sus patas diminutas un envoltorio  plateado con restos de una  chocolatina.</p>
<p>Se  bajó de la moto y  ésta se camufló automáticamente confundiéndose con el  entorno grisáceo y  desolador. Mientras rodeaba la enorme carpa  metálica informó a la  central de su posición y activó el arma  reglamentaria. Quería entrar por  la puerta de carga y descarga para  evitar fugas. Se introdujo con  sigilo y se ocultó tras unas escaleras  metálicas. El hueco entre  escalones le ofrecía una panorámica de todo  el recinto. Efectivamente,  se trataba de una fábrica ilegal. Dispuestos  en filas, al menos  cincuenta asiáticos se dedicaban en silencio a  encajar piezas y a soldar  circuitos con una mascarilla de tela como  única protección. Su  eficiencia y economía de movimientos les otorgaba  un aire robótico.  Antes de que nadie se percatase de su presencia,  pulsó un botón en el  panel de su antebrazo y su casco emitió un haz de  luz que barrió todo el  interior. En su visera apareció el resultado del  escaneado: dieciocho  hombres, veintisiete mujeres. Un brillo le  recorrió la mirada. Hacía  tiempo que no se encontraba un caso como  aquel. A pesar de las sanciones  los chinos seguían arriesgándose con  frecuencia. Consideraban a las  mujeres mucho más hábiles en las tareas  de ensamblaje de pequeños  aparatos electrónicos.</p>
<p>Caminó hasta el centro de la  polvorienta nave y colocó en el suelo  una pequeña placa de la que brotó  una señal holográfica de disparidad.  Se produjo un revuelo general. Los  trabajadores ya no parecían robots,  sino más bien gallinas asustadas. Un  murmullo incomprensible recorrió  la fábrica y pronto apareció el  encargado haciendo reverencias con la  cabeza. Una vez descubiertos, la  mayoría de esos negocios se mostraban  colaboradores. Era mucho más  sencillo que sufrir el acoso constante del  ministerio. La sanción  incluía una multa directa proporcional al  índice de desigualdad y la  contratación o despido inmediato de las  personas necesarias para  recuperar el equilibrio. Puesto que no había  posibilidad de contratar  más hombres en ese momento, eligió ocho  mujeres al azar y las atrapó con  un campo magnético junto a la señal  virtual. Más tarde las recogería un  furgón de la brigada, que  procedería a su redistribución.</p>
<p>Se  disparó en su moto hacia el horizonte. El cielo semejaba una  enorme  plancha de metal a punto de aplastar el perfil desdentado de la  ciudad.  Bajo su uniforme de cuero y su casco  plateado <span id="more-554"></span>el calor era  asfixiante.  La humedad se condensaba en su visera y le goteaba el sudor  de la nariz.  Sin embargo, le era imposible dejar de sonreír. Esa  misión podía  suponer un importante bonus, pero era además el tipo de  caso que le  estimulaba, que le satisfacía, que le hacía creer en la  relevancia de la  Brigada de Igualadores. La mayor parte de su jornada  laboral la pasaba  velando por la equidad entre ejecutivos y ejecutivas  en los ascensores  de la zona financiera. A menudo debía supervisar  también el índice de  igualdad en espacios públicos, como bibliotecas,  salas de espera o  vagones de metro. Eran sin duda tareas necesarias,  pero no por ello  menos tediosas. Su perfeccionismo y su responsabilidad  le impedían  cometer la más mínima negligencia o relajación de sus  deberes, pero cada  vez le era más difícil ocultarse el hecho de que ya  no le impulsaba la  misma ilusión que al principio. En cualquier caso,  cuando sentía que se  le acolchaba la cabeza por culpa de la rutina,  trataba de consolarse  recordando que había tareas mucho más  desagradecidas. Algunos  Igualadores, por ejemplo, tenían como único  objetivo mantener el  equilibrio entre la cantidad de autores y autoras  presentes en las  librerías. O peor aún, los había que debían supervisar  y mantener la  paridad entre opositores y opositoras a funcionarios del  estado, lo que  implicaba además el control y reajuste de las pruebas  para que los  aprobados y aprobadas estuviesen también equiparados. Por  muy elemental y  mecánico que resultase en ocasiones el trabajo de  calle, lo prefería  mil veces a estar sepultado bajo un alud de papeleo  interminable.</p>
<p>De  pronto le llegó el sonido de un trueno lejano. A unos kilómetros  por  delante, un gigantesco gusano de humo negro trepaba por el cielo.  Aún  faltaban siete minutos para que terminase su jornada, así que  decidió  acercarse a echar un vistazo. Alguien podía necesitar ayuda y  los  servicios de emergencia tardarían en llegar a esa parte de la   circunvalación.      Primero notó el intenso olor a plástico quemado.   Luego los miles de cristalitos que crujían bajo sus neumáticos.   Finalmente, al girar una curva cerrada, lo vio. Un autocar yacía   recostado, como una bestia agonizante. De su panza deforme sobresalía un   deportivo arrugado con las ruedas traseras girando aún a gran   velocidad. Descendió de la moto y recorrió a pie el escenario de la   tragedia. El asfalto estaba salpicado de cuerpos inertes. Cuerpos   jóvenes. Se trataba seguramente de una excursión de instituto. Examinó a   los adolescentes de uno en uno con la esperanza de encontrar algún   superviviente. Aunque débil, halló pulso en tres chicos. Estaban   malheridos pero podrían salir de esa. Se asomó a las oscuras entrañas   del autocar y la visión fue aún más espeluznante que en el exterior.   Telarañas de grietas en los cristales rezumando sangre. Caras juveniles   aplastadas de forma grotesca. Un brazo amputado sujetando un bocadillo   envuelto en papel de plata. Ahí no había nada que hacer.</p>
<p>Solicitó ayuda urgente en el panel de su antebrazo mientras  recorría de  nuevo la escena. Veintiséis varones muertos. Veintisiete  mujeres. Cogió  los restos retorcidos de un parachoques, se acercó al  azar a uno de los  chicos que yacían heridos en la calzada y de un golpe  seco le aplastó el  cráneo. Su reloj emitió dos cortos pitidos. Acababa  de finalizar su  jornada laboral. Saltó sobre la moto y se lanzó en  dirección a casa sin  poder creer aún lo que acababa de suceder. Ese  había sido sin lugar a  dudas el mejor día de toda su carrera.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.contralasideillasgrises.com/churras_con_merinas/igualdad/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

