PUBLICADO EN 'CHURRAS CON MERINAS'
Obra
Publicado el 06. Abr, 2011 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.
Por radio le llegaban instrucciones de sus superiores y breves comentarios codificados de sus otros compañeros de escuadrón, pero él no escuchaba realmente. Actuaba en consonancia con todas esas órdenes tácticas, por supuesto, pero de forma completamente automática. Él hacía tiempo ya que había entrado en trance. Tenía los ojos muy abiertos; el pulso, acelerado; y un zumbido en la cabeza le aislaba de todo lo que no fuera él y su obra. El cielo era húmedo y de un azul pardo a aquella hora de la tarde. En mitad de ese frío panorama, los tonos anaranjados y rojizos de las explosiones resultaban sencillamente hermosos. Eran como extraños globos que se hincharan de repente, o como medusas eléctricas en un abismo oceánico. Viró suavemente y la ciudad recorrió su visera de espejo. Luego pulsó el botón antes de ascender velozmente en espiral. La destrucción es la forma más simple y poderosa de creación, pensó mientras el silbido del último proyectil se alejaba rápidamente de él hacia el campanario de una maravillosa catedral gótica.
La corbata roja
Publicado el 21. Mar, 2011 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.
Para Vic.
Oloishuru desenvainó sin prisas un largo cuchillo de entre los pliegues de su túnica roja y trazó un profundo corte en la papada de la vaca más vieja. Dos hombres oscuros sujetaban la mole blanca, uno por los cuernos y otro por la joroba. Tras un momento de inquietud y forcejeo, el animal entornó los ojos con suavidad dejándose llevar por el dulce sopor de la muerte inminente, mientras una mujer recogía en un cubo la sangre fresca que manaba de su cuello.
Paralizados por la impresión, los índices tardaron unos segundos en pulsar los disparadores, pero en cuanto el guía rompió el silencio con una de sus bromas, los flashes recorrieron la escena como una bandada de pájaros nerviosos. Oloyshuru observó sin sonreír al pequeño grupo de turistas. Todos llevaban sombreros de ala ancha color arena recién estrenados.
La mujer limpió la sangre de impurezas con una especie de colador hecho con fibras vegetales. Luego hundió un cuenco y se lo ofreció chorreante a Oloishuru, quien bebió lentamente tratando de encontrar las miradas turbadas de los turistas, ocultas por las sombras de sus sombreros y por los enormes objetivos de sus cámaras. Cuando terminó, pasó el cuenco a su hermano. Y éste, al siguiente hombre en la rígida escala jerárquica de la tribu. Los últimos en beber eran siempre los niños. El guía informó de que esa gente nunca bebía agua, se mantenían hidratados tomando únicamente sangre de vaca, y como era natural, tampoco se trataba de algo que hicieran a diario. Después ladeó su sonrisa y preguntó si alguien tenía sed. El grupo rió con ganas.
Los todoterrenos serpentearon muy juntos hacia el horizonte seguidos de una gran culebra de arena rojiza. Oloishuru permaneció sin moverse hasta que desaparecieron tras una colina lejana y el polvo en suspensión volvió a posarse sobre el suelo. Después se sentó en cuclillas frente a su choza y anunció a los niños que iba a contarles la historia de la serpiente que casi acabó con sus antepasados.
La bestia, comenzó, se alimentaba sólo de seres humanos. Se adentraba en las aldeas siempre de noche. Al principio, en busca de recién nacidos pero, a medida que fue creciendo, fue aumentando también su voracidad y el tamaño de sus presas. Los niños escuchaban a Oloyshuru con los ojos muy abiertos y se tapaban atemorizados la boca con las manos. Se hizo tan grande la bestia, continuó, que era capaz de engullir a una familia entera; a veces, dos. Nadie sabía qué hacer, incluso los hombres más valientes y hábiles con la lanza habían muerto tratando de acabar con el monstruo.
Un día, los jefes de todas las tribus acudieron a ver al que era considerado el hombre más sabio del lugar. Era además el más alto. O quizá era sólo que la gente le respetaba tanto que no podían evitar encoger el cuello en su presencia. Los jefes hablaron todos a la vez, como una nube de moscas. Estaban nerviosos porque sus aldeas no dejaban de menguar y si esa progresión continuaba llegaría un día en que serían jefes de aldeas vacías. Sí, replicó el Sabio, eso suponiendo que la Gran Serpiente no se os coma antes a vosotros. La expresión de los jefes pasó del nerviosismo al terror, esa era una posibilidad que ni siquiera habían contemplado. Sus zumbidos pidiendo ayuda redoblaron la intensidad. La cabeza del Sabio meditó por encima de las de los jefes durante unos minutos. Eran todos tan inteligentes como una piedra; sin embargo, le habían dado la clave para solucionar el problema, la hebra de la que tirar para obtener la madeja. Aldeas vacías, musitó sin que nadie pudiera llegar a oírlo.
Tres noches después, la Gran Serpiente volvió a la región en busca de más carne fresca. Era ya tan descomunal que tuvo que recorrer todos los poblados de la zona para saciar su terrible apetito. Rebuscó en todas las chozas y engulló a todos los hombres, mujeres y niños que encontró en ellas. Pero lo que no advirtió la Gran Serpiente fue que todos esos hombres, mujeres y niños no eran más que figuras esculpidas en piedra, y que los auténticos habitantes se hallaban ocultos en agujeros que habían cavado bajo el suelo de las cabañas.
Cuando el mundo se tiñó con la azulada luz de la mañana, la Serpiente apenas podía arrastrarse ya sobre el suelo. En su interior cargaba con decenas y decenas de estatuas de piedra. Avanzó penosamente tratando de llegar a su escondrijo, pero pronto le fallaron las fuerzas y murió tendida al sol, deformada por las rocas que había tragado. Esa hilera de colinas que veis al fondo es lo que queda del monstruo, y la prueba de que lo que cuento es cierto. Los niños contemplaron fascinados los montes que les señalaba Oloyshuru, imaginando en su lugar el gigantesco cuerpo de la Serpiente.
Había sido un largo día. Oloyshuru estaba agotado. Escudriñó todo el horizonte girando en círculo lentamente. No había nada salvo ese paisaje que le resultaba ya tan familiar. Entró en su choza, apartó las pieles de vaca que cubrían el suelo, abrió una trampilla y descendió por la escalera de mano. Los fluorescentes se encendieron automáticamente, y Oloyshuru siguió el estrecho pasadizo hasta los vestuarios. Aún no había nadie, podría disfrutar de unos minutos de soledad antes de la hora punta. Abrió su taquilla. El traje de chaqueta gris, la camisa y la corbata estaban impolutos y perfectamente planchados, como a él le gustaba.
Tomó una larga ducha con el agua muy caliente. Estuvo quieto sin pensar en nada, como una estatua, hasta que su propio cuerpo prácticamente desapareció entre el vapor. Después se vistió deleitándose en cada gesto, cada prenda, cada botón. Era uno de sus rituales favoritos.
Sentado en un banco del andén, consultó sus correos y echó un vistazo al periódico. Pronto empezaron a llegar los demás, con sus saludos, sus chistes, la narración de las anécdotas de los últimos días. Las conversaciones se iban mezclando unas con otras haciendo imposible seguir ninguna de ellas.
En el tren se sentó junto a la ventanilla. Mientras veía pasar las luces del túnel infinito que le conduciría a casa, contemplaba también su reflejo en el cristal y le llenaba de alegría verse de nuevo con la corbata roja. Nada le producía más placer que sentir la firmeza de su doble nudo Windsor alrededor del cuello.
RÉCORD
Publicado el 07. Mar, 2011 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.
Hoy he superado mi mejor marca: tres horas, siete minutos, doce segundos. La verdad es que estoy muy contento, sería absurdo negarlo. Eso no va a cambiar mi fidelidad incondicional a la idea de que la cifra final no es lo realmente importante. Lo que cuenta es el esfuerzo, la dedicación, la pasión, la fe en lo que uno hace. Sin embargo, seamos sinceros, incluso los artistas más underground codician secretamente los premios más prestigiosos y fantasean con llenar estadios o con ser número uno en las listas de ventas. Supongo que es algo que no se puede evitar. Todos necesitamos en mayor o menor medida el reconocimiento social, por muy tontos que consideremos a esos que forman la sociedad. Yo no creo que cayera tan de lleno en la trampa, pero algo de eso hay ahí. La secuencia de números que aparece en el cronómetro de mi muñeca puede equivaler a la peor de las críticas o al galardón que sólo los más grandes lucen en sus estanterías. Y hoy he tenido el honor de que me concedan ese premio.
La primera hora apenas ha supuesto esfuerzo. He estado prácticamente todo el tiempo en el baño y ella aún dormía. He tomado una larga ducha, me he untado el cuerpo con todo tipo de cremas, me he cortado las uñas aprovechando que se habían ablandado un poco y he arrancado los pelos, cada vez más frecuentes, que tenía en los hombros. Luego me he afeitado con navaja. Nunca lo había hecho antes, pero ya que había una he decidido probar. Hay que ir con cuidado, pero es realmente una experiencia muy especial. Mientras acariciaba mi rostro con el filo preciso y perfecto de la navaja he tenido incluso una revelación. He tomado conciencia de que la mayoría de las veces no vivimos deleitándonos en lo que hacemos, sino que terminamos siendo esclavos de una urgencia constante que nos empuja a quitarnos las cosas de enmedio lo antes posible, como si cada tarea fuera una molestia, un obstáculo que nos impide dedicarnos a la siguiente. Convertir las actividades más banales y cotidianas en rituales quizá parezca un absurdo a primera vista, pero podría encerrar de hecho la clave de la felicidad. Tan convencido estoy que pienso implantar en mi vida la ceremonia del afeitado tradicional desde mañana mismo.
Después del gratificante rito del aseo personal me he preparado en la cocina un café bien cargado, otra de esas labores que deberían realizarse como si fueran una ofrenda a Dios. He acompañado el negro elixir con unas tostadas y unas lonchas de jamón que he encontrado en la nevera. Habría tomado el desayuno en la pequeña mesa de la cocina, pero estaba todo muy sucio y he preferido sentarme en el sofá del salón a disfrutar de la primera comida del día. Casi había leído el periódico entero cuando por fin la he oído arrastrando las zapatillas hasta el baño. Mi cronómetro marcaba dos horas, treinta y dos minutos, cincuenta segundos. Le he dejado el desayuno en el salón para que no viera el desastroso estado en que estaba la cocina. Cuando ha tirado de la cadena, he salido a la galería a sacar una lavadora. A través del cristal ahumado de la puerta podía intuir su figura soñolienta llevándose las tostadas a la boca. Entre mordisco y mordisco me ha dicho que estaban buenísimas. Hemos coincidido un momento en el salón. He tendido ahí la ropa porque comenzaba a chispear. Yo le daba la espalda, pero he escuchado como regresaba al baño. Y se dice buenos días, me ha recordado. Le he respondido con un gruñido apenas audible y he seguido con lo mío.
Me gusta mucho repasar los CD de las estanterías. He paseado mi índice por todos ellos y al final me he decantado por uno basándome únicamente en la portada: un plano muy ampliado de una cerradura. La música era sucia, estridente y oscura, pero lo he dejado sonar. Se ha quejado de que el agua salía fría y he tenido que volver a encender el calentador, toda una misión. Después he hecho la cama y he fregado los cacharros del desayuno. En cuanto ha salido del baño, un perfume dulzón lo ha inundado todo. Ha cogido la chaqueta y el bolso y se ha dirigido hacia la puerta. Pensando que estaba en el salón se ha despedido a gritos. Ha girado el pomo un par de veces, pero la puerta no se abría, claro. Entonces se ha girado y se ha dado cuenta de que, a pesar de que llevaba su peinado y su albornoz, yo no era él . Y justo ese instante, ese microsegundo en el que ha abierto mucho los ojos y ha aspirado como si le faltara el aire, ese ha sido el momento preciso en el que he detenido el cronómetro. Tres horas, siete minutos, doce segundos. Bip.

![[Facebook]](http://www.contralasideillasgrises.com/wp-content/plugins/bookmarkify/facebook.png)
![[LinkedIn]](http://www.contralasideillasgrises.com/wp-content/plugins/bookmarkify/linkedin.png)
![[MySpace]](http://www.contralasideillasgrises.com/wp-content/plugins/bookmarkify/myspace.png)
![[Twitter]](http://www.contralasideillasgrises.com/wp-content/plugins/bookmarkify/twitter.png)
![[Email]](http://www.contralasideillasgrises.com/wp-content/plugins/bookmarkify/email.png)
