PUBLICADO EN 'CHURRAS CON MERINAS'

El Hambre

Publicado el 10. Feb, 2011 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Lo veo en sus ojos: aún no lo sabe. Su mirada es como la de un recién nacido, limpia, inocente, incapaz todavía de procesar las imágenes que llegan a su retina. Frente a nosotros se extiende la carretera gris, plagada de coches abandonados. Pero no, no creo que eso sea para ella más que un mundo borroso de luces y sombras. Su boca se tensa lentamente en una extraña mueca. Parece una sonrisa. Aunque una sonrisa nueva, diferente a las de antes. Es una sonrisa de retrasado que le deforma la cara como si fuera una máscara y la convierte en otra.

La observo, analizo cada uno de sus gestos, tratando de adivinar qué piensa, qué siente. Susurro su nombre. Y esa palabra que apenas ha perturbado el aire me sobresalta como el estridente ulular de un alarma y me hace tomar conciencia del silencio absoluto en el que nos hallamos. Ni el motor de un coche. Ni el piar de un pájaro. Ni el viento en los árboles. Ni una voz. Pienso en su nombre, en todas las veces que lo he repetido, en la infinidad de significados que adquiría en función del tono, del contexto. Podía ser una petición de consuelo o la forma de frenar un comentario demasiado hiriente. Podía ser una fingida reprimenda o una sensual invitación al sexo.

En todo eso pienso.

Todo eso recuerdo.

Y, sin darme cuenta, duermo.

Me sobresalta de nuevo un murmullo ensordecedor. Es ella. La pierna me sigue sangrando. Me arrastro con las manos hacia lo que queda del coche para escuchar mejor. Cina. Na. Dar. En. Lapis. Cina. Na. Dar. En. Lapis. Cina. Lo repite una y otra vez. Lentamente, casi sin aire. Es como el eco de la conversación que

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El ataque del Espíritu Navideño

Publicado el 30. Dic, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Al oír hablar del Espíritu Navideño, la mayoría no logran reprimir una sonrisa y una mirada ensoñadora. Pero pocos han vivido en sus carnes la experiencia de cruzarse en el camino de este ente terrorífico. Los Kent eran una familia feliz. Adam había logrado hacerse con una pequeña fortuna gracias a sus imaginativos métodos de malversación de fondos; su hijo George, de 12 años, estaba sumido en la vergonzosa e irritante edad del pavo, pero aún quedaba tiempo antes de que cayera en las garras de la irreverente adolescencia y el acerbo odio a sus padres; y la encantadora esposa de Adam, Margaret, estaba embarazada de 6 meses, aunque a Adam eso le seguía dejando algo turbado porque él creía recordar haberse hecho la vasectomía tras el nacimiento de George. En resumen, la vida les sonreía, pero les hacía burla cuando se daban la vuelta. Asfixiados por el ritmo de la gran ciudad, Adam y Margaret decidieron buscar una casa más grande en las afueras. Y la encontraron pronto, quizás demasiado.

CASITA DE CAMPO: 800 m2, 5 plant., 20 dorm., 7 bañ., ascens., calef.,muy solead., totlmnte. reform. y amuebl., ideal para fam. num. Gran oportunid.!

Unos días más tarde, los Kent se iban a dar de bruces con una gran verdad: Lo barato sale caro. Pero, en ese momento de excitación, prefirieron dejarse llevar por el complaciente “a caballo regalado, no le mires el dentado”. Los Kent se mudaron a su nuevo hogar, llenos de ilusión, pero los fenómenos extraños no se hicieron esperar. Al despertar el primer día, descubrieron que todos sus calcetines estaban llenos de caramelos. Todos sospecharon de algún otro miembro de la familia y se lo tomaron como una broma de bienvenida. Pero el fenómeno se repitió todos los días a partir de entonces. Todos los días. Llegó un punto en que les daba tanta pereza vaciar los calcetines que a veces se los ponían sin hacerlo, y así iban todo el día, pisando gominolas multicolores (lo difícil era luego quitarse los calcetines y volver a separar los deditos de los pies debido al extraordinario efecto adhesivo del azúcar mezclado con sudor).

En cualquier caso, lo peor aún estaba por llegar. Poco después, se hizo habitual escuchar una voz susurrante y cavernosa entonando villancicos en mitad de la noche. Registraron la casa decenas de veces. Nada. Exterminaron las ratas, las termitas y a su pobre perro Sam, pero jamás lograron acabar con la voz ni con ese continuo y espeluznante ruido de cascabeles y panderetas. Los Kent no estaban dispuestos a rendirse y contactaron con los parapsicólogos de una universidad que contaba con un buen equipo de baloncesto. Los investigadores no sólo registraron aterradoras psicofonías en las que aparecían los ya mencionados villancicos, sino que fueron testigos de manifestaciones aún más escalofriantes. Una mañana, los Kent y los parapsicólogos fueron a la cocina a desayunar y descubrieron atónitos que la cafetera estaba envuelta en papel de regalo. Lo mismo sucedía con la botella de leche, las cucharillas (en paquetes individuales) y, como se temían, con todos los demás objetos que había en la casa. Empezaron a desenvolver regalos con alegría. Sin embargo, la alegría dio luego paso al hastío y el hastío a la irritabilidad. Hoy hace ya un año que los Kent viven en una perpetua e infernal Navidad.

De ahora en adelante, no se dejen engañar por las melodías entonadas por alegres pastorcitos, el sonido de los cascabeles, los regalos y los brillantes adornos. Por muy navideño que sea, un espíritu siempre es un espíritu.


Final

Publicado el 20. Dic, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Llevo ya varios días observándole. Le he visto charlando y riendo con sus amigos, tecleando en su despacho, escuchando con los cascos una música secreta. Le he visto también haciendo el amor con su mujer en el sillón, y fumando a escondidas cuando saca el perro salchicha a pasear. Le he visto masturbarse frente al ordenador, llorar al teléfono mientras alguien le daba una mala noticia, y bajar al chino de la esquina a por café, pan y tabaco. Le he vigilado largas horas. Y es agotador observar tanto tiempo a través de una mira telescópica. Pero que quede claro, si no he apretado el gatillo en todos estos días no ha sido por dilemas morales de última hora. Nada de eso. La razón es trascendental de verdad, no simple mojigatería. Ese hombre va a morir, ese es un hecho tan irremediable como la explosión de la bomba atómica en Hiroshima. Y seré yo el que le mate, porque di mi palabra, a la que jamás he faltado, y porque me pagaron la mitad de mis honorarios por adelantado, y si quiero mantener mi nivel de vida necesito con urgencia la otra mitad. Así que insisto, no se trata de si vive o muere. Está sentenciado, así son las cosas. Su destino es ser atravesado por una de mis balas como el de Héctor fue ser traspasado por la espada de Aquiles. La verdadera cuestión no es si debe morir, sino cuándo. Esa es mi gran responsabilidad, la que me ha mantenido durante días con un ojo guiñado y el otro pegado al punto de mira. Nada significa nada hasta que termina. Hasta que está completo. Por eso la eternidad carece de significado. Es tan absurda como un culebrón. Para mí está claro, el final es el gran dotador de sentido. No puede escogerse a la ligera. Si disparo justo ahora, su vida no parecerá más que una concatenación de sucesos que terminaron convirtiéndole en un traidor. Si espero unos días, quizá tan sólo unas horas más, podría aún decir las palabras precisas a las personas adecuadas, y ese final le otorgaría a su vida un significado completamente diferente. Podría incluso morir como un héroe. Si sigo apostado en esta buhardilla, es sólo porque espero a discernir con claridad el momento adecuado, ese instante capaz de convertir su existencia en algo especial antes de que llegue el fin.