PUBLICADO EN 'CHURRAS CON MERINAS'

El ataque del Espíritu Navideño

Publicado el 30. Dic, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Al oír hablar del Espíritu Navideño, la mayoría no logran reprimir una sonrisa y una mirada ensoñadora. Pero pocos han vivido en sus carnes la experiencia de cruzarse en el camino de este ente terrorífico. Los Kent eran una familia feliz. Adam había logrado hacerse con una pequeña fortuna gracias a sus imaginativos métodos de malversación de fondos; su hijo George, de 12 años, estaba sumido en la vergonzosa e irritante edad del pavo, pero aún quedaba tiempo antes de que cayera en las garras de la irreverente adolescencia y el acerbo odio a sus padres; y la encantadora esposa de Adam, Margaret, estaba embarazada de 6 meses, aunque a Adam eso le seguía dejando algo turbado porque él creía recordar haberse hecho la vasectomía tras el nacimiento de George. En resumen, la vida les sonreía, pero les hacía burla cuando se daban la vuelta. Asfixiados por el ritmo de la gran ciudad, Adam y Margaret decidieron buscar una casa más grande en las afueras. Y la encontraron pronto, quizás demasiado.

CASITA DE CAMPO: 800 m2, 5 plant., 20 dorm., 7 bañ., ascens., calef.,muy solead., totlmnte. reform. y amuebl., ideal para fam. num. Gran oportunid.!

Unos días más tarde, los Kent se iban a dar de bruces con una gran verdad: Lo barato sale caro. Pero, en ese momento de excitación, prefirieron dejarse llevar por el complaciente “a caballo regalado, no le mires el dentado”. Los Kent se mudaron a su nuevo hogar, llenos de ilusión, pero los fenómenos extraños no se hicieron esperar. Al despertar el primer día, descubrieron que todos sus calcetines estaban llenos de caramelos. Todos sospecharon de algún otro miembro de la familia y se lo tomaron como una broma de bienvenida. Pero el fenómeno se repitió todos los días a partir de entonces. Todos los días. Llegó un punto en que les daba tanta pereza vaciar los calcetines que a veces se los ponían sin hacerlo, y así iban todo el día, pisando gominolas multicolores (lo difícil era luego quitarse los calcetines y volver a separar los deditos de los pies debido al extraordinario efecto adhesivo del azúcar mezclado con sudor).

En cualquier caso, lo peor aún estaba por llegar. Poco después, se hizo habitual escuchar una voz susurrante y cavernosa entonando villancicos en mitad de la noche. Registraron la casa decenas de veces. Nada. Exterminaron las ratas, las termitas y a su pobre perro Sam, pero jamás lograron acabar con la voz ni con ese continuo y espeluznante ruido de cascabeles y panderetas. Los Kent no estaban dispuestos a rendirse y contactaron con los parapsicólogos de una universidad que contaba con un buen equipo de baloncesto. Los investigadores no sólo registraron aterradoras psicofonías en las que aparecían los ya mencionados villancicos, sino que fueron testigos de manifestaciones aún más escalofriantes. Una mañana, los Kent y los parapsicólogos fueron a la cocina a desayunar y descubrieron atónitos que la cafetera estaba envuelta en papel de regalo. Lo mismo sucedía con la botella de leche, las cucharillas (en paquetes individuales) y, como se temían, con todos los demás objetos que había en la casa. Empezaron a desenvolver regalos con alegría. Sin embargo, la alegría dio luego paso al hastío y el hastío a la irritabilidad. Hoy hace ya un año que los Kent viven en una perpetua e infernal Navidad.

De ahora en adelante, no se dejen engañar por las melodías entonadas por alegres pastorcitos, el sonido de los cascabeles, los regalos y los brillantes adornos. Por muy navideño que sea, un espíritu siempre es un espíritu.


Final

Publicado el 20. Dic, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Llevo ya varios días observándole. Le he visto charlando y riendo con sus amigos, tecleando en su despacho, escuchando con los cascos una música secreta. Le he visto también haciendo el amor con su mujer en el sillón, y fumando a escondidas cuando saca el perro salchicha a pasear. Le he visto masturbarse frente al ordenador, llorar al teléfono mientras alguien le daba una mala noticia, y bajar al chino de la esquina a por café, pan y tabaco. Le he vigilado largas horas. Y es agotador observar tanto tiempo a través de una mira telescópica. Pero que quede claro, si no he apretado el gatillo en todos estos días no ha sido por dilemas morales de última hora. Nada de eso. La razón es trascendental de verdad, no simple mojigatería. Ese hombre va a morir, ese es un hecho tan irremediable como la explosión de la bomba atómica en Hiroshima. Y seré yo el que le mate, porque di mi palabra, a la que jamás he faltado, y porque me pagaron la mitad de mis honorarios por adelantado, y si quiero mantener mi nivel de vida necesito con urgencia la otra mitad. Así que insisto, no se trata de si vive o muere. Está sentenciado, así son las cosas. Su destino es ser atravesado por una de mis balas como el de Héctor fue ser traspasado por la espada de Aquiles. La verdadera cuestión no es si debe morir, sino cuándo. Esa es mi gran responsabilidad, la que me ha mantenido durante días con un ojo guiñado y el otro pegado al punto de mira. Nada significa nada hasta que termina. Hasta que está completo. Por eso la eternidad carece de significado. Es tan absurda como un culebrón. Para mí está claro, el final es el gran dotador de sentido. No puede escogerse a la ligera. Si disparo justo ahora, su vida no parecerá más que una concatenación de sucesos que terminaron convirtiéndole en un traidor. Si espero unos días, quizá tan sólo unas horas más, podría aún decir las palabras precisas a las personas adecuadas, y ese final le otorgaría a su vida un significado completamente diferente. Podría incluso morir como un héroe. Si sigo apostado en esta buhardilla, es sólo porque espero a discernir con claridad el momento adecuado, ese instante capaz de convertir su existencia en algo especial antes de que llegue el fin.


Igualdad

Publicado el 09. Dic, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Cada vez había menos desequilibrios, así que para encontrar algo especial debía buscar más en profundidad, a menudo en los suburbios. Incluso allí todo el mundo procuraba cumplir la ley, pero si uno era tenaz no tardaba en dar con algún negocio clandestino en el que existiera una disparidad, por pequeña que fuera.

Esa misma mañana, condujo su silenciosa moto hasta uno de los polígonos del este. La mayoría estaban abandonados o en ruinas, pero era del dominio público que allí operaban las mafias chinas, que fabricaban copias ilegales de baja calidad de los artilugios tecnológicos más de moda. Se detuvo en mitad de la calle principal del polígono, que parecían los vestigios de una civilización desaparecida. Analizó las naves que flanqueaban la calle en busca de alguna señal, cuando de pronto divisó un breve destello saliendo de uno de los edificios. Una enorme rata se había escabullido por una grieta oxidada portando algo en su hocico. Se puso de pie y comenzó a roer ávidamente su botín. Las ratas abundaban, por supuesto, pero no todas tenían entre sus patas diminutas un envoltorio plateado con restos de una chocolatina.

Se bajó de la moto y ésta se camufló automáticamente confundiéndose con el entorno grisáceo y desolador. Mientras rodeaba la enorme carpa metálica informó a la central de su posición y activó el arma reglamentaria. Quería entrar por la puerta de carga y descarga para evitar fugas. Se introdujo con sigilo y se ocultó tras unas escaleras metálicas. El hueco entre escalones le ofrecía una panorámica de todo el recinto. Efectivamente, se trataba de una fábrica ilegal. Dispuestos en filas, al menos cincuenta asiáticos se dedicaban en silencio a encajar piezas y a soldar circuitos con una mascarilla de tela como única protección. Su eficiencia y economía de movimientos les otorgaba un aire robótico. Antes de que nadie se percatase de su presencia, pulsó un botón en el panel de su antebrazo y su casco emitió un haz de luz que barrió todo el interior. En su visera apareció el resultado del escaneado: dieciocho hombres, veintisiete mujeres. Un brillo le recorrió la mirada. Hacía tiempo que no se encontraba un caso como aquel. A pesar de las sanciones los chinos seguían arriesgándose con frecuencia. Consideraban a las mujeres mucho más hábiles en las tareas de ensamblaje de pequeños aparatos electrónicos.

Caminó hasta el centro de la polvorienta nave y colocó en el suelo una pequeña placa de la que brotó una señal holográfica de disparidad. Se produjo un revuelo general. Los trabajadores ya no parecían robots, sino más bien gallinas asustadas. Un murmullo incomprensible recorrió la fábrica y pronto apareció el encargado haciendo reverencias con la cabeza. Una vez descubiertos, la mayoría de esos negocios se mostraban colaboradores. Era mucho más sencillo que sufrir el acoso constante del ministerio. La sanción incluía una multa directa proporcional al índice de desigualdad y la contratación o despido inmediato de las personas necesarias para recuperar el equilibrio. Puesto que no había posibilidad de contratar más hombres en ese momento, eligió ocho mujeres al azar y las atrapó con un campo magnético junto a la señal virtual. Más tarde las recogería un furgón de la brigada, que procedería a su redistribución.

Se disparó en su moto hacia el horizonte. El cielo semejaba una enorme plancha de metal a punto de aplastar el perfil desdentado de la ciudad. Bajo su uniforme de cuero y su casco plateado

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