PUBLICADO EN 'CHURRAS CON MERINAS'

Igualdad

Publicado el 09. Dic, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Cada vez había menos desequilibrios, así que para encontrar algo especial debía buscar más en profundidad, a menudo en los suburbios. Incluso allí todo el mundo procuraba cumplir la ley, pero si uno era tenaz no tardaba en dar con algún negocio clandestino en el que existiera una disparidad, por pequeña que fuera.

Esa misma mañana, condujo su silenciosa moto hasta uno de los polígonos del este. La mayoría estaban abandonados o en ruinas, pero era del dominio público que allí operaban las mafias chinas, que fabricaban copias ilegales de baja calidad de los artilugios tecnológicos más de moda. Se detuvo en mitad de la calle principal del polígono, que parecían los vestigios de una civilización desaparecida. Analizó las naves que flanqueaban la calle en busca de alguna señal, cuando de pronto divisó un breve destello saliendo de uno de los edificios. Una enorme rata se había escabullido por una grieta oxidada portando algo en su hocico. Se puso de pie y comenzó a roer ávidamente su botín. Las ratas abundaban, por supuesto, pero no todas tenían entre sus patas diminutas un envoltorio plateado con restos de una chocolatina.

Se bajó de la moto y ésta se camufló automáticamente confundiéndose con el entorno grisáceo y desolador. Mientras rodeaba la enorme carpa metálica informó a la central de su posición y activó el arma reglamentaria. Quería entrar por la puerta de carga y descarga para evitar fugas. Se introdujo con sigilo y se ocultó tras unas escaleras metálicas. El hueco entre escalones le ofrecía una panorámica de todo el recinto. Efectivamente, se trataba de una fábrica ilegal. Dispuestos en filas, al menos cincuenta asiáticos se dedicaban en silencio a encajar piezas y a soldar circuitos con una mascarilla de tela como única protección. Su eficiencia y economía de movimientos les otorgaba un aire robótico. Antes de que nadie se percatase de su presencia, pulsó un botón en el panel de su antebrazo y su casco emitió un haz de luz que barrió todo el interior. En su visera apareció el resultado del escaneado: dieciocho hombres, veintisiete mujeres. Un brillo le recorrió la mirada. Hacía tiempo que no se encontraba un caso como aquel. A pesar de las sanciones los chinos seguían arriesgándose con frecuencia. Consideraban a las mujeres mucho más hábiles en las tareas de ensamblaje de pequeños aparatos electrónicos.

Caminó hasta el centro de la polvorienta nave y colocó en el suelo una pequeña placa de la que brotó una señal holográfica de disparidad. Se produjo un revuelo general. Los trabajadores ya no parecían robots, sino más bien gallinas asustadas. Un murmullo incomprensible recorrió la fábrica y pronto apareció el encargado haciendo reverencias con la cabeza. Una vez descubiertos, la mayoría de esos negocios se mostraban colaboradores. Era mucho más sencillo que sufrir el acoso constante del ministerio. La sanción incluía una multa directa proporcional al índice de desigualdad y la contratación o despido inmediato de las personas necesarias para recuperar el equilibrio. Puesto que no había posibilidad de contratar más hombres en ese momento, eligió ocho mujeres al azar y las atrapó con un campo magnético junto a la señal virtual. Más tarde las recogería un furgón de la brigada, que procedería a su redistribución.

Se disparó en su moto hacia el horizonte. El cielo semejaba una enorme plancha de metal a punto de aplastar el perfil desdentado de la ciudad. Bajo su uniforme de cuero y su casco plateado

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La esencia de Shakespeare

Publicado el 19. Nov, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Adoraba a Shakespeare. Le adoraba de verdad. Sólo asistía a sus obras de teatro, sólo veía las películas basadas en ellas y no hablaba nunca de nada que no tuviera que ver con su ídolo. Soñaba con personajes de sus tragedias todas las noches. Y mientras tomaba un baño, que era una de las actividades que mayor placer le proporcionaban, se dedicaba a recitar todos sus sonetos. Todos. Todos los días. Cuando por fin salía de la bañera sus dedos estaban tan hinchados y arrugados que no podía pasar las páginas de sus obras, así que se limitaba a releer una y otra vez la página por la que estuvieran abiertas. Hasta ahí nada raro. Lo sorprendente es lo siguiente: tanto amaba a Shakespeare, tanto pensaba en él, tanto deseaba conversar con él y resolver ciertos misterios en torno a su biografía y su literatura, que un día el célebre dramaturgo se materializó en el sofá de su salón.

En cuanto lo vio supo que era él, por supuesto; su perilla puntiaguda, su melena fosca y sus leotardos no dejaban lugar a dudas. Como no sabía a qué se debía el extraordinario suceso ni cuánto duraría, decidió no perder el tiempo haciéndose preguntas sobre el mismo y dedicarlo a dialogar con el Maestro, así que le descargó encima una avalancha con sus principales dudas e inquietudes. Tras unos segundos de comprensible confusión, Shakespeare se mostró muy generoso. Adoptó rápidamente una actitud más digna de su autoridad y comenzó una brillante disertación sobre su vida y obra. Tardaría en llegar al meollo del asunto, pero poco importaba porque incluso sus circunloquios más vacíos eran una manifestación de insuperable talento. Su fiel seguidor lloraba de felicidad deleitándose con cada una de las palabras del gran literato. Las dejaba mecerse suavemente en sus oídos, las paladeaba lentamente. Y cuando por fin se diluían en los recovecos de su cerebro extasiado, permanecía aún el eco de su exquisito sabor, como sucede con el buen jamón.

Empezaba el ilustre autor a entrar en materia cuando de pronto se le coló en la nariz un olor nauseabundo. Rancio, fétido, penetrante. Tras mirar a su alrededor en busca de la causa del pútrido hedor, se vio obligado a aceptar la triste realidad: provenía de Shakespeare. Saturaba tanto el olfato que más bien parecía algo sólido, una masa reptante que estaba inundando hasta los más pequeños ángulos de la estancia. No dijo nada, en parte por respeto y en parte porque no deseaba que la pestilencia le invadiese la boca. Trató con dificultad de mantener la sonrisa y el rictus de escucha atenta mientras Shakespeare revelaba sorprendentes interpretaciones de algunos pasajes y narraba vehemente su vida de principio a fin, aclarando innumerables malentendidos de un plumazo. Pero él ya no escuchaba.


Las voces de la pared

Publicado el 09. Oct, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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El anciano bajó el volumen del televisor para oír mejor. Discutían. Él insistía una y otra vez en que al menos le explicara por qué. Ella respondía con igual persistencia que mejor no. Tras unos minutos atrapados en ese bucle, la chica murmuró algo que se deshizo contra la pared que los separaba. Después escuchó sus pasos decididos alejándose hacia otra habitación, tal vez la cocina. La voz de él se elevó mientras seguía a la chica, lo que produjo un extraño efecto. ¿Es que voy a tener que perseguirte por toda la casa? Haz el favor de quedarte quieta de una vez y explicarme qué te pasa, porque no lo entiendo. Tú sólo entiendes lo que te da la gana, le soltó ella a lo lejos, casi inaudible. La discusión continuó en otra habitación y a los oídos del anciano apenas llegaba ya un murmullo acuático del que de tanto en tanto sobresalían algunas palabras como la punta de un iceberg. Inaguantable. Tus historias. Siempre a lo tuyo. Igual que tu madre. Pues entonces ya sabes. Nunca, ¿me oyes? Nunca. ¿Paranoica? Los pasos volvieron a acercarse. Luego hubo un tintineo de llaves. Finalmente un portazo. Se hizo el silencio. El anciano miró fijamente la pared de su salón, tratando de ver más allá del papel pintado y averiguar quién de los dos se había ido. Apostó por la chica. Enseguida ella rompió a llorar. Perdió. Su voz temblorosa repetía tres palabras como si fueran un mantra. Hijo de puta.

La escena le recordó las discusiones que habían tenido él y su mujer. Sus acaloramientos, sus venas hinchadas, la ira apretándoles las sienes. Se peleaban con el fervor del que lucha por algo crucial, no sólo para ellos sino también para el resto de la humanidad. Después de tantos años, veía que no eran más que nimiedades ridículas y carentes de sentido. ¿Dónde residía ahora la importancia de un malentendido o de una frase hiriente dicha a la ligera? ¿Cuál era la trascendencia de un comportamiento arisco fruto del nerviosismo o de un debate político construido tan sólo a base de prejuicios? El viejo tragó algo que semejaba una piedra redonda en la garganta. Su mano huesuda y resquebrajada acarició los motivos vegetales del papel consolando a la chica sin que ella lo supiera.

Se despertó en el sillón confuso y desorientado. Las sombras apuntaban en otra dirección, debía de ser eso, porque lo demás seguía igual, como todos los días. Repasó los canales rápidamente para eliminar los jirones de inquietud que tenía agarrados a la nuca. Entonces la voz acolchada del chico comenzó a entonar Lilac wine, casi susurrándola. El anciano miró la pared buscando una explicación. Ésa era su canción favorita. La gran Nina Simone. La había canturreado cientos de veces. Y ese chaval al otro lado de la pared la estaba cantando como si fuera suya. Después se sumó la voz de ella, y el chico fue ganando confianza. Podía imaginarlos, mirándose muy cerca el uno al otro, tal vez meciéndose agarrados. Y sonriendo, de eso estaba seguro, porque incluso en esa melodía tan triste

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