PUBLICADO EN 'CHURRAS CON MERINAS'
El método
Publicado el 08. Sep, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.
Podría haber escrito un exhaustivo diario, pero no hubiera sido lo mismo. De nada sirve eso para recordar de verdad. A menudo, uno lo lee y siente que otra persona lo escribió, que fue otro el que estuvo ahí. Es como cuando alguien insiste en que recordemos un acontecimiento aportándonos cada vez más detalles. Sí, hombre, fue en casa de no sé quién, ¿no te acuerdas? Estuvimos riéndonos un buen rato porque tú llevabas una camisa horrorosa. Pues no, no me acuerdo. Que sí, cómo no te vas a acordar. Sacaron unos canapés de paté, que no era muy bueno y que ya estaba algo oxidado. Sonó durante mucho rato el último disco de Madonna y, cuando nos fuimos… Que no, joder, que no me acuerdo. Lo he borrado. Ese día no existe, o yo en ese día no existo. Vete a la mierda. Pero esa gente es tenaz, y no se queda satisfecha hasta que sonríes y dices ah, sí sí sí, ya me acuerdo, qué risa… Los diarios le hacían sentir así, acosado por un yo con memoria fotográfica que le era completamente ajeno. Sin embargo, algo debía hacer, pues la conciencia de que todos los sucesos de su vida que no fuera capaz de recordar caerían en el abismo del vacío más absoluto le producía un vértigo terrible.
Reflexionando sobre este asunto, llegó casi inmediatamente a la conclusión de que normalmente recordamos lo que nos llama la atención, lo que se sale de la rutina, del fluir habitual de nuestras vidas. Podía evocar a la perfección la bofetada que le dio su padre la mañana en que volcó un refresco sobre unos documentos importantes; recordaba también su primer beso, la oscuridad del portal, los labios secos de Susana; tenía grabadas a fuego las vacaciones por el este de Europa en compañía de su mejor amigo, las charlas bajo las estrellas, los albergues ruidosos e inmundos; y, por supuesto, el nacimiento de su hijo, la sangre, los nervios, el esfuerzo reflejado en el rostro de ella. Recordaba esos y muchos otros momentos. Sin embargo, haciendo un cálculo mental tremendo, descubrió aterrorizado que todos los recuerdos que conservaba colocados en fila india, uno detrás de otro, apenas daban para rellenar tres años de su vida. Cinco minutos por aquí. Unos segundos por allá. Los más largos no duraban más de dos horas. En total, tres años. Él tenía treinta y nueve. ¿Dónde demonios estaba el resto de su vida? ¿Qué había pasado con esos treinta y siete años de conversaciones, películas, comidas, sexo, zappings, paseos, lecturas, excursiones, fiestas y jornadas laborales interminables? ¿Tan poco interesante era todo eso que no merecía la pena ser recordado? La mayor parte de sus experiencias vitales parecían haberse convertido en su mente en nubes de memoria; no eran recuerdos concretos, sino brumas fruto de la condensación de miles de recuerdos similares. Recordaba haber hecho la compra cientos de veces, pero no una de esas ocasiones en particular. Recordaba haber dado innumerables paseos con su mujer, sin embargo estaban empastados unos con otros de modo que parecía uno solo, un larguísimo paseo genérico en el que todas las deambulaciones particulares habían perdido su relieve en aras de una idea abstracta.
Si algo tenía claro es que se negaba a que el resto de su vida formase parte de esa nebulosa de rutinas indeterminadas. A partir de ese momento, se esforzaría en memorizar lo que le sucediese, por anodino que fuera. Para ello elaboró un método con el que esperaba lograr algo inaudito: engañar a la memoria. Aunque original, la idea era en realidad bastante simple. La memoria siente predilección por los acontecimientos llamativos, por las sorpresas, por las anécdotas divertidas, por los sucesos trágicos. Bien, pues démosle lo que le gusta. Si el filtro de ese cruel colador lo deja pasar todo menos lo notorio y lo extraordinario, añadamos de forma artificial la notoriedad y la extraordinariedad a los momentos más grises y más susceptibles de ser fácilmente olvidados.
Puso en práctica su novedoso método un lunes de
Turistas
Publicado el 10. Ago, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.
La primera vez que lo vi fue junto a la catedral. Me llamó la atención su camisa roja, su sombrero blanco de ala ancha y, sobre todo, que llevara calcetines con sandalias. Jamás entenderé por qué esa gente tiene que ser siempre tan extravagante, por no decir hortera. Me hizo gracia, pero no tanta como para indicarle a Sara que mirara porque ella no estaba ese día muy receptiva a mis bromas. Además él atravesaba ya con un grupo el pórtico y nosotros seguíamos disfrutando maravillados la vista desde el mirador. Atardecía sobre el Duero y un azul oscuro tiñó la ciudad dotándola de un aire de irrealidad, como si fuera más bien un gigantesco decorado teatral. Pero, como digo, ésa fue la primera vez que yo lo vi. Ahora estoy convencido de que no fue la primera que él nos vio a nosotros.
La mañana siguiente hicimos un recorrido en tranvía a lo largo del río y ahí estaba de nuevo. En el mismo vagón, dos o tres filas de asientos por delante. Iba solo, sin hablar con nadie. Pensé que era una simple casualidad, sobre todo porque él se bajó a mitad de camino. Nosotros seguimos hasta la desembocadura. Iba a comentarle a Sara lo del anciano con sombrero, sandalias y calcetines, pero la magnificencia del paisaje me disuadió de hacerlo. Durante un buen rato tratamos sin éxito de definir el lugar exacto en que el río deja de ser río para convertirse en oceáno, tema que terminó siendo motivo de discusión. No nos apetecía, pero deambulamos cogidos de la mano, como cualquier otra pareja. Nos imaginé vistos de lejos, debíamos ser dos puntitos blancos frente a una inmensidad azul.
Cuando divisé su enorme sombrero desde la barandilla del segundo piso del mercado do Bolhao, fue como si me atravesara un fogonazo de luz. Inmediatamente,
Cánticos
Publicado el 02. Ago, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.
Ahora que empezamos a superar la resaca de la histórica victoria de nuestra selección en el Mundial de Fútbol, creo que es el momento de que reflexionemos sobre un asunto que me ha mantenido muchos días absorto y muchas noches en vela. Ha llegado la hora de esgrimir toda nuestra capacidad analítica y tratar de desentrañar el misterio: ¿por qué demonios celebran muchos su lealtad a la Roja y su inmenso orgullo nacional con un cántico cuya melodía proviene del folclore ruso? Será bienvenida cualquier pista que pueda paliar mi perenne desconcierto.

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