PUBLICADO EN 'CHURRAS CON MERINAS'

Dentistas desde el Más Allá

Publicado el 14. May, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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En ocasiones, grandes artistas fallecen sintiendo que su obra está inconclusa. Estas almas insatisfechas suelen buscar entonces una herramienta, un canal que les permita continuar con su tarea desde el más allá. Doris Crane es una de esas herramientas. Una médium, una persona hipersensible que desde niña captó un mundo más allá de los sentidos. Durante gran parte de su infancia, a través de la pequeña Doris hablaron y escribieron los más reaccionarios, pedantes y odiados críticos de cine fallecidos en esos años. Sus críticas surgidas del trance hicieron llorar a cineastas como Fritz Lang o Charles Chaplin; otros muchos, de espíritu más débil, incluso abandonaron el sector. Después, con la llegada de la adolescencia, Doris enterró en su subconsciente su enorme don debido a que era difícil seducir a un chico poniendo los ojos en blanco y hablando con voz de ultratumba.

Sin embargo, esta ama de casa, madre de 5 hijos, presidenta del Club del TupperWare de Maine y vice-presidenta de la Asociación Estatal de la Proto-termomix, hace unos años que volvió a experimentar la extraña sensación que se tiene al ser utilizado por un difunto. Y le gustó. Ella no recordaba nada de lo sucedido, pero cuenta su marido que empezó a tener convulsiones y luego, “como si fuera otra persona”, cepilló con diligencia y esmero todos y cada uno de los dientes de sus hijos y de sus tres mascotas. En una nota fruto de la escritura automática, Doris firmó como Dr. Jack T. White (como se supo más tarde, un prestigioso dentista británico que había fallecido en 1930). La limpieza fue realmente profesional, pero a nadie le gustó que utilizara el mismo cepillo con todos. Pocos días más tarde, Doris entró en trance

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El caso de los zombies evangelistas

Publicado el 12. May, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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En el año 1955, un gran tornado lo cambió todo en un pequeño pueblo de Kansas. En su caótico avance por la región había ido succionando y expulsando gente de forma totalmente arbitraria, así que cuando se hizo la calma, el pueblo era un absoluto despropósito. El párroco acabó en la tienda de discos y su primera medida fue destruir la música satánica, más de un 90% de los vinilos. La Sra. Chalmers cayó en el lecho del Sr. McPherson, y durante 7 días no hizo ademán de salir de él. La maestra se descubrió de pronto tratando de enseñarle trigonometría a nueve gallinas, dos granjeros y un cerdo, y lo cierto es que su alumno favorito era el cerdo, pero por nada del mundo le hubiera dejado sentarse en la primera fila, aunque él se quejaba de que no veía bien lo que se escribía en la pizarra. Pero de todos los cambios que produjo ese gran tornado, el más trascendental fue extinguir del pueblo a los Evangelistas. Quedaban sólo dos, y ambos murieron a causa del tornado. Ellos iban paseando por las afueras y el tornado estaba tan lejos que, cuanto más lo miraban, más convencidos estaban de que no corrían ningún peligro. Entonces una camioneta que venía por el otro lado los embistió y acabó brutal e instantáneamente con sus vidas.

Se les dio sepultura dos días más tarde, el tiempo que se tardó en

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Se busca

Publicado el 09. Abr, 2010 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS.

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Simplemente no me había dado cuenta. Y no creo que fuera yo la única. Al fin y al cabo, todos cambiamos. Nuestro rostro evoluciona constantemente. Los ojos se hunden poco a poco bajo los párpados, nuestras mejillas se ensanchan, nuestra frente es surcada por líneas cada vez más profundas. Pero, claro, lo de él es diferente.

Llevábamos varios años viviendo juntos y jamás noté nada. Él, tampoco. La costumbre. Uno puede observar una nube durante horas y no ser consciente de que ha cambiado de forma o de que se ha desplazado. Para percibir ciertas cosas hay que apartar la vista durante un tiempo, y volver después con la mirada renovada.

Un día, mientras cenábamos juntos frente al televisor, recibió una llamada. Al principio no sabía quién era. Cuando por fin lo reconoció se puso muy contento, hablaba sin parar y la risa impregnaba cada una de sus frases. En la pantalla, un político respondía a las incisivas preguntas de un corro de periodistas. Resultaba divertido ese doblaje espontáneo, la manera en que la conversación telefónica, alegre y despreocupada, se superponía al rostro serio del ministro. Poco después, de repente, los labios del político empezaron a moverse en silencio. Me giré para mirarle. Ya no hablaba. Ya no reía. Solo asentía con unos graves murmullos. Me miró a los ojos. Supe que hablaban de mí, aunque era incapaz de imaginar en qué términos. Dejó el móvil sobre la mesa y se quedó muy quieto, traspasándolo todo con una mirada que buscaba respuestas mucho más allá. Tuve que repetirlo tres veces.

-Pero… ¿quién era?

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