EL CRONONAUTA

Colgado el 01/03/10 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS

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El crononauta había llegado ya a su destino, un destino que, claro, no era un lugar, sino un momento. Abrió los ojos y una luz blanca se abalanzó sobre ellos sin compasión. Lentamente, como si se moviera debajo del agua, se arrancó todos los cables y tubos que tenía enganchados  e intentó incorporarse.

Se acercó a la ventana arrastrando los pies descalzos sobre el suelo frío y gris. Y, desde allí, contempló una calle cualquiera del futuro. Por todas partes había extraños coches circulando a toda velocidad, haciendo sonar sus cláxones ensordecedores.  Y en las aceras, cientos, miles de personas hormigueaban sobre el asfalto siguiendo un orden que a él se le escapaba. Se asomó un poco más y pudo alcanzar a ver el cielo, una gigantesca cúpula grisácea que reposaba sobre un sinfín de rascacielos, como si fueran pilares descomunales.

Trató de respirar hondo y notó que le faltaba el aire. Quizás se estaba agotando eso que siempre habíamos creído inagotable. Notó en su piel las manos del bochorno, pegajosas y calientes como las de un enfermo. Ajenos a la falta de oxígeno, ajenos al exceso de humedad, las personitas del futuro seguían trazando con su deambular las ramificaciones infinitas de un patrón que daba la impresión de ser un completo caos. Tal vez lo era.

En la sala, la blancura de las paredes sólo se veía interrumpida por un pequeño rectángulo, un calendario que mostraba la imagen perfecta de un manantial rodeado de verdor. Al pie de esa fotografía idílica, había un número, el 2.001. El viajero temporal observó esa cifra con atención y, hasta después de un rato, no se dio cuenta de que se trataba del año. Dos mil uno. Casi parecía que no iba a llegar nunca y ahora ahí estaba, impreso en un calendario promocional como si tal cosa.

De repente, su atención, impulsada por la sed, enfocó el sonido de un goteo. Agua. Tras dudar un instante de  si se trataba de un efecto realista añadido al calendario del futuro, el crononauta caminó con cuidado hacia una puerta cerrada que había a unos pocos metros. Sin duda, sólo le separaban unos pasos del refrescante goteo que quería sentir resbalarse por su garganta, pero un súbito cansancio invadió todos los músculos de su cuerpo y ahora no se sentía capaz de mover ni uno solo de ellos.

Ya antes del viaje, él no era más que un chico cansado. Cansado de dar gracias a Dios por cada bala que pasaba silbando a un centímetro de su cara y no a través de ella, cansado de disparar al azar, en la oscuridad, esperando arrancar a tientas algún grito al enemigo. Cansado de escarbar en la tierra y de matar perros para conseguir algo que llevarse a la boca. Simplemente, estaba cansado de vivir en un tiempo en el que la muerte y el absurdo lo inundaban todo. Por eso inició un viaje a otro tiempo, otro mundo. Y así apareció aquí, o sea, ahora.

Sin embargo, haber dado ese espectacular salto en el tiempo no había eliminado aquella fatiga crónica. En realidad, la sensación de que el aire trataba de aplastarlo contra el suelo se había agudizado y se aferraba a sus huesos como una lapa. Procuró olvidarse del cansancio y decidió concentrarse en los pequeños pasos que lo llevarían hasta el goteo, como si cada uno de ellos fuese una meta en sí mismo. Ya no era un viajero temporal, ya no se encontraba en una extraña sala blanca del futuro con la foto de un manantial en un calendario; se había convertido en un náufrago en medio del desierto, un hombre rodeado de arena tratando penosamente de reducir la distancia entre él y el oasis divisado allá a lo lejos, imaginado tal vez. Sus pies, cargados de plomo, se arrastraron sobre el suelo, adelantándose el uno al otro como en una carrera de caracoles. Y su roce contra las baldosas se convirtió en el inquietante tic-tac de un tiempo extrañamente dilatado, deformado, casi irreconocible.

Con un suspiro, agradeció que el pomo no fuese sólo un espejismo. Abrió la puerta y transformó el goteo del grifo del futuro en un chorro a presión que se introdujo por su boca como una serpiente transparente y escurridiza, deslizándose hasta los lugares más recónditos de la madriguera de sus entrañas. Y cuando el crononauta logró saciar su sed y alzó la mirada, le sobresaltó de repente la visión de un anciano con los ojos azules y llorosos fijos en los suyos. Por un momento, pensó que se trataba del fantasma de su abuelo porque, de hecho, el anciano había muerto antes incluso de que él iniciara el viaje. Pero un instante después, la larga serpiente que se había enroscado en su interior le asestó su mordedura fatal, y en mitad de un espasmo que sacudió su conciencia como un látigo, comprendió que ese viejo pálido y blando era su propia imagen en un espejo.

El peso del cielo y del tiempo se volcó sobre él y las rodillas temblorosas del viajero, dos frágiles ramitas, cedieron obligándole a desplomarse sin remedio. Echado en el suelo, como un montón de toallas sucias, miró hacia atrás y contempló la máquina del tiempo que lo había traído hasta este infierno: Unos dos metros de largo por unos noventa centímetros de ancho. Un delgado colchón sobre una endeble estructura metálica. Y, encima, unas sábanas blancas con el logotipo de un hospital.

No había tropezado con un roto espacio-temporal. Ni lo habían utilizado como cobaya en un proyecto de alto secreto. Ni era un científico loco con ganas de probar su último y demencial invento. No, no había atravesado túneles multicolor con relojes de péndulo flotando por todas partes. Hacía mucho, mucho tiempo ya, él no había sido más que un chico cansado, muy cansado. Y cuando uno está tan sumamente agotado, lo único que puede hacerse es dormir.

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