Turistas
Colgado el 10/08/10 por el de siempre en CHURRAS CON MERINAS
La primera vez que lo vi fue junto a la catedral. Me llamó la atención su camisa roja, su sombrero blanco de ala ancha y, sobre todo, que llevara calcetines con sandalias. Jamás entenderé por qué esa gente tiene que ser siempre tan extravagante, por no decir hortera. Me hizo gracia, pero no tanta como para indicarle a Sara que mirara porque ella no estaba ese día muy receptiva a mis bromas. Además él atravesaba ya con un grupo el pórtico y nosotros seguíamos disfrutando maravillados la vista desde el mirador. Atardecía sobre el Duero y un azul oscuro tiñó la ciudad dotándola de un aire de irrealidad, como si fuera más bien un gigantesco decorado teatral. Pero, como digo, ésa fue la primera vez que yo lo vi. Ahora estoy convencido de que no fue la primera que él nos vio a nosotros.
La mañana siguiente hicimos un recorrido en tranvía a lo largo del río y ahí estaba de nuevo. En el mismo vagón, dos o tres filas de asientos por delante. Iba solo, sin hablar con nadie. Pensé que era una simple casualidad, sobre todo porque él se bajó a mitad de camino. Nosotros seguimos hasta la desembocadura. Iba a comentarle a Sara lo del anciano con sombrero, sandalias y calcetines, pero la magnificencia del paisaje me disuadió de hacerlo. Durante un buen rato tratamos sin éxito de definir el lugar exacto en que el río deja de ser río para convertirse en oceáno, tema que terminó siendo motivo de discusión. No nos apetecía, pero deambulamos cogidos de la mano, como cualquier otra pareja. Nos imaginé vistos de lejos, debíamos ser dos puntitos blancos frente a una inmensidad azul.
Cuando divisé su enorme sombrero desde la barandilla del segundo piso del mercado do Bolhao, fue como si me atravesara un fogonazo de luz. Inmediatamente, le conté a Sara lo de la extraña coincidencia. Sí, me dijo, es curioso, yo también lo he visto unas cuantas veces. Anteayer nos cruzamos con él junto al puente de hierro y, sí, esta mañana diría que estaba en el tranvía. No, Sara, te digo que estaba ahí con toda seguridad, es increíble. Sí, vale, seguramente sería él. Pero ya sabes como son estas cosas. Una ciudad tan pequeña en un puente se llena de turistas, y todos van a los mismos sitios, es fácil encontrarse con algunos. De acuerdo, pero aún así resulta sorprendente que nuestros recorridos sean casualmente tan… paralelos, ¿no? El anciano se detuvo unos instantes frente a un puesto que tenía gallinas y conejos vivos enjaulados. Luego desapareció tras un pilar lleno de grietas.
Los dos intentábamos ser amables, pero lo cierto es que sobreactuábamos un poco. Voces demasiado melosas, sonrisas apretadas. Cuando eso no era posible y algún comentario me molestaba de verdad, yo me callaba y me aguantaba las ganas de responder para evitar enfrentamientos. Tras media hora de silencio en el Café Majestic, que tratamos de disimular contemplando la decoración modernista y atendiendo a las conversaciones ajenas, decidimos regresar al hotel. Estaba en la parte alta de la ciudad, a más de media hora caminando. Comenzamos a trepar por esas calles oscuras y a medida que ascendíamos la tensión se hacía más palpable, casi sólida.
Entramos en la habitación y me soltó uno de sus reproches. Esta vez, en lugar de callarme me abalancé sobre ella, le levanté la falda y le hice el amor contra la pared. Después Sara fue a darse una ducha. Yo eché un vistazo a las fotos que habíamos ido haciendo, más que por interés por puro aburrimiento. Las iba pasando con rapidez, con desgana, hasta que me sobresaltó la visión de una camisa roja y de un gran sombrero. Amplié la imagen sabiendo lo que iba a encontrar. Era él. Estaba sentado en un banco, mirando a cámara. Formaba parte del fondo de un retrato que tomé a Sara en una callejuela completamente alicatada. Fue nuestro primer día en la ciudad. Eso significaba que habíamos coincidido en los mismos lugares los cuatro días que llevábamos ahí. Día uno, en la calle de los azulejos. Día dos, en el puente de hierro. Día tres, en la catedral. Día cuatro, en el tranvía y en el mercado. Eso que supiéramos. Repasé de nuevo las fotos. Esta vez las analicé de una en una. Se me erizó el pelo de la nuca. Aparecía en otra de las fotos. Una que nos hicieron delante de la estación de ferrocarril. Se disponía a entrar en una tienda de instrumentos musicales. Demasiada casualidad.
Abrí la puerta del baño de un empujón y me asomé al interior. Sara estaba desnuda, secándose el pelo con la cabeza inclinada hacia un lado, aunque por el ruido uno hubiera dicho que pilotaba un Jumbo. Elevando el tono para hacerme oír, le trasmití mi inquietud. Lo hice argumentando punto por punto y sin dejarme llevar por la vehemencia. Me miró con desprecio, puso los ojos en blanco un instante y siguió con lo suyo, inclinando la cabeza hacia el otro lado. Arranqué el enchufe de la pared. Silencio. Vi en su mirada un reflejo de miedo. Te digo que esto no es normal, te digo que ese tipo me empieza a preocupar y tú como si nada. Escúchame por una vez en tu vida, maldita sea. Tenemos que hacer algo. La frase resultaba ambigua con ella ahí en frente sin nada de ropa. Te he escuchado perfectamente, me dijo, ahora escúchame tú a mí. Mira, ese tipo no es el único, me juego lo que quieras a que nos hemos cruzado con otros muchos turistas a lo largo del viaje. Y es probable que si los buscases también los encontraras en nuestras fotos. Pero claro, seguramente los demás no llevan sombreros de cowboy gigantes ni camisas que se vean a un quilómetro. ¿Tenemos que hacer algo?, continuó. Lo que tú tienes que hacer, me dijo muy tranquila, es relajarte y disfrutar del viaje. Lo que tienes que hacer es dejar a un lado tus paranoias. Lo que tienes que hacer es salir de aquí, porque lo que yo tengo que hacer es acabar de secarme el pelo. Cerró la puerta a un centímetro de mi cara. El Jumbo volvió a despegar. Yo me quedé ahí quieto con una terrible erección.
Contratamos una excursión a las bodegas. Las recuerdo muy vagamente porque, tengo que admitirlo, no hice más que buscarlo. Tras cada barril, en cada grupo de turistas, en cada bar, en cada yate amarrado al muelle. Mi mente estaba programada para localizar una camisa roja, un sombrero blanco. Todo lo demás sencillamente no lo percibía. Sara no dejaba de juzgarme con la mirada. Pero la verdad es que si alguien tenía razones para estar molesto, ese era yo. Al fin y al cabo era nuestra seguridad lo que me preocupaba, la de los dos.
Muchas ciudades son como un laberinto. Oporto es un entramado de ellos. A veces se superponen, a veces se combinan y otras veces se bifurcan en diferentes niveles. Es un dédalo viviente en el que se diría que las calles cambian de lugar para empujarte a la perdición. Después de una hora caminando, esa cualidad empezó a resultarme exasperante. Estábamos solos, como en un sueño, avanzando bajo estrechas franjas de cielo que apenas adivinábamos entre la ropa tendida de los balcones. Volví a pensar en el viejo vaquero con sandalias. Quizá me había equivocado. Quizá Sara tenía razón. Sin embargo, en cuanto aparté su imagen de mi mente, me asaltó en la realidad. La sustitución fue tan sincronizada que di por sentado que estaba delirando. Se dirigía hacia nosotros mirando al suelo, como si quisiera que viéramos sólo su sombrero. En una mano llevaba una especie de maletín negro que me pareció sospechoso. Cuando llegó a nuestra altura, aminoró la marcha, levantó la vista, sonrió haciendo un gesto con la cabeza y siguió caminando. Ambos nos giramos y contemplamos su penoso avance por la calle empedrada. Sara me cogió de la mano para que continuáramos nuestro camino. Ya estaba dispuesto a seguirla cuando me descubrí a mí mismo arrojándome sobre su espalda, derribándolo con todo mi peso, aplastándolo contra los adoquines, golpeando el sombrero hasta que se tiñó de un rojo vivo. Como el de su camisa.
A unos metros de él, yacía el maletín negro, que había reventado esparciendo su contenido: un sinfín de piezas plateadas que un día formaron una flauta travesera. Sara me arrastró por el cuello hasta el interior de un portal en ruinas y comenzó a gritarme en susurros para que nadie la oyera. Como si estuviera afónica. Que estoy loco, loco de remate, como una puta cabra. Me repitió mil veces que soy un imbécil, que se suponía que teníamos que pasar desapercibidos. Me molestó que me salpicara su saliva, pero no dije nada para no enfurecerla aún más. Al final me soltó como quien tira algo que le repugna y continuó insultándome sin siquiera mirarme. Yo sigo creyendo que hice lo correcto. El tipo nos miró. Nos sonrió. Y no llevaba cámara, ni guía, ni un plano de la ciudad. No creo que haya muchos turistas que vayan por el mundo sin nada de eso. La razón es, según Sara, que tal vez no era un turista, tal vez simplemente vivía aquí. Sí, también es posible.

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