Lo veo en sus ojos: aún no lo sabe. Su mirada es como la de un recién nacido, limpia, inocente, incapaz todavía de procesar las imágenes que llegan a su retina. Frente a nosotros se extiende la carretera gris, plagada de coches abandonados. Pero no, no creo que eso sea para ella más que un mundo borroso de luces y sombras. Su boca se tensa lentamente en una extraña mueca. Parece una sonrisa. Aunque una sonrisa nueva, diferente a las de antes. Es una sonrisa de retrasado que le deforma la cara como si fuera una máscara y la convierte en otra.
La observo, analizo cada uno de sus gestos, tratando de adivinar qué piensa, qué siente. Susurro su nombre. Y esa palabra que apenas ha perturbado el aire me sobresalta como el estridente ulular de un alarma y me hace tomar conciencia del silencio absoluto en el que nos hallamos. Ni el motor de un coche. Ni el piar de un pájaro. Ni el viento en los árboles. Ni una voz. Pienso en su nombre, en todas las veces que lo he repetido, en la infinidad de significados que adquiría en función del tono, del contexto. Podía ser una petición de consuelo o la forma de frenar un comentario demasiado hiriente. Podía ser una fingida reprimenda o una sensual invitación al sexo.
En todo eso pienso.
Todo eso recuerdo.
Y, sin darme cuenta, duermo.
Me sobresalta de nuevo un murmullo ensordecedor. Es ella. La pierna me sigue sangrando. Me arrastro con las manos hacia lo que queda del coche para escuchar mejor. Cina. Na. Dar. En. Lapis. Cina. Na. Dar. En. Lapis. Cina. Lo repite una y otra vez. Lentamente, casi sin aire. Es como el eco de la conversación que
El estampado mundo de Andrew Allen
Colgado el 07/02/11 por el de siempre en IDEAS QUE DAN ENVIDIA.
Espléndido el último trabajo de Andrew Allen. Se trata de un cortometraje inspirado en la (supuesta) historia real de un tipo que enterró un tesoro en el siglo XIX dejando un texto cifrado que detallaba su localización. Muchos matemáticos y desequilibrados, o ambas cosas, han dedicado años y años a desvelar el secreto. Hasta ahora sin éxito. En cualquier caso la pieza es una maravilla gráfica, rebosante de ideas estéticas y narrativas. A los que eso les parezca poco pueden dedicarse a buscar los dieciséis mensajes secretos ocultos que revelan información sobre los personajes. Según dice su creador, ocho son fáciles de encontrar, seis moderadamente difíciles y para los dos últimos se requiere la mente de un genio.
Muy interesante el trabajo de Isaac Tobin, un diseñador de Chicago especializado en portadas de libros de esas con valor añadido. Aquí tenéis algunas de las que más me han gustado, pero daos un paseo por su web, allí encontraréis bastantes más, además de tipografías, logotipos e interiores.
www.isaactobin.com

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