Realmente sorprendente esta casa construida entre dos enormes rocas en las montañas Fafe del norte de Portugal. La construcción, que al parecer se inspiró en las viviendas de los Picapiedra, a mí me evoca sin embargo un mundo mágico de cuento de hadas. A nivel arquitectónico, resulta interesante el modo en que se fusiona con las enormes moles y la armonía con la que se integra en el paisaje.
Los lápices inservibles de Dalton Ghetti
Colgado el 10/01/11 por el de siempre en IDEAS QUE DAN ENVIDIA.
Para mí la concepción del Arte está estrechamente vinculada a la idea de inutilidad, en el sentido más mundano. Todas las formas artísticas fueron en su origen técnicas o actividades con un fin puramente práctico. En el momento en que se domina esa técnica, se comienza a jugar con ella, separándose al mismo tiempo de su fin original. Y entonces lo que nos queda es algo inútil en un sentido práctico pero mucho más trascendente en otros niveles: un objeto artístico. Por supuesto, existen otros factores, como el hecho de que ese objeto sea considerado Arte por alguien en algún momento, pero como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otro momento. La inutilidad es en mi opinión la condición sine qua non del objeto artístico.
Todo esto viene a cuento de la obra escultórica de Dalton Ghetti. El tipo ha convertido el lápiz, un objeto cotidiano creado con fines puramente prácticos, en Arte. Y eso gracias al imaginativo y lúdico desarrollo de una actividad tan carente de interés a simple vista como sacarle punta a un lápiz. Con una aguja de coser, una hoja de afeitar y un cuchillo de esculpir como únicas herramientas, Ghetti logra esculturas en miniatura que se nos antojan imposibles, sobre todo cuando se nos informa de que nunca utiliza más de una mina de carboncillo en sus trabajos. El secreto es el pulso, la paciencia y el tiempo. Algunas piezas, como la de los eslabones, le ha llevado más de dos años de trabajo.
Al oír hablar del Espíritu Navideño, la mayoría no logran reprimir una sonrisa y una mirada ensoñadora. Pero pocos han vivido en sus carnes la experiencia de cruzarse en el camino de este ente terrorífico. Los Kent eran una familia feliz. Adam había logrado hacerse con una pequeña fortuna gracias a sus imaginativos métodos de malversación de fondos; su hijo George, de 12 años, estaba sumido en la vergonzosa e irritante edad del pavo, pero aún quedaba tiempo antes de que cayera en las garras de la irreverente adolescencia y el acerbo odio a sus padres; y la encantadora esposa de Adam, Margaret, estaba embarazada de 6 meses, aunque a Adam eso le seguía dejando algo turbado porque él creía recordar haberse hecho la vasectomía tras el nacimiento de George. En resumen, la vida les sonreía, pero les hacía burla cuando se daban la vuelta. Asfixiados por el ritmo de la gran ciudad, Adam y Margaret decidieron buscar una casa más grande en las afueras. Y la encontraron pronto, quizás demasiado.
CASITA DE CAMPO: 800 m2, 5 plant., 20 dorm., 7 bañ., ascens., calef.,muy solead., totlmnte. reform. y amuebl., ideal para fam. num. Gran oportunid.!
Unos días más tarde, los Kent se iban a dar de bruces con una gran verdad: Lo barato sale caro. Pero, en ese momento de excitación, prefirieron dejarse llevar por el complaciente “a caballo regalado, no le mires el dentado”. Los Kent se mudaron a su nuevo hogar, llenos de ilusión, pero los fenómenos extraños no se hicieron esperar. Al despertar el primer día, descubrieron que todos sus calcetines estaban llenos de caramelos. Todos sospecharon de algún otro miembro de la familia y se lo tomaron como una broma de bienvenida. Pero el fenómeno se repitió todos los días a partir de entonces. Todos los días. Llegó un punto en que les daba tanta pereza vaciar los calcetines que a veces se los ponían sin hacerlo, y así iban todo el día, pisando gominolas multicolores (lo difícil era luego quitarse los calcetines y volver a separar los deditos de los pies debido al extraordinario efecto adhesivo del azúcar mezclado con sudor).
En cualquier caso, lo peor aún estaba por llegar. Poco después, se hizo habitual escuchar una voz susurrante y cavernosa entonando villancicos en mitad de la noche. Registraron la casa decenas de veces. Nada. Exterminaron las ratas, las termitas y a su pobre perro Sam, pero jamás lograron acabar con la voz ni con ese continuo y espeluznante ruido de cascabeles y panderetas. Los Kent no estaban dispuestos a rendirse y contactaron con los parapsicólogos de una universidad que contaba con un buen equipo de baloncesto. Los investigadores no sólo registraron aterradoras psicofonías en las que aparecían los ya mencionados villancicos, sino que fueron testigos de manifestaciones aún más escalofriantes. Una mañana, los Kent y los parapsicólogos fueron a la cocina a desayunar y descubrieron atónitos que la cafetera estaba envuelta en papel de regalo. Lo mismo sucedía con la botella de leche, las cucharillas (en paquetes individuales) y, como se temían, con todos los demás objetos que había en la casa. Empezaron a desenvolver regalos con alegría. Sin embargo, la alegría dio luego paso al hastío y el hastío a la irritabilidad. Hoy hace ya un año que los Kent viven en una perpetua e infernal Navidad.
De ahora en adelante, no se dejen engañar por las melodías entonadas por alegres pastorcitos, el sonido de los cascabeles, los regalos y los brillantes adornos. Por muy navideño que sea, un espíritu siempre es un espíritu.

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